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Un viaje por el país, el mundo y la medicina

4. El soviet del hospital de Caucete

En el mejor momento de mi trabajo en Tamberías (ya venía gente a verme desde la ciudad de San Juan y también iba una vez por semana al hospital de Calingasta para administrar la correspondiente ración de agujas) nos fuimos a vivir a la ciudad de San Juan. Ya el Frejuli había ganado las elecciones del 73 con el Tío Cámpora como candidato a presidente, y “era imprescindible” participar más activamente de la vida política en los lugares adonde las cosas parecían inclinar la balanza hacia un cambio histórico. A mí me tocó hacerme cargo de una de las tres regiones sanitarias de San Juan: la Región II Este, limítrofe con San Luis al este y con La Rioja al norte, y cuya jefatura estaba en el hospital de Caucete, el mismo que años después sería arrasado por un terremoto. 

Durante los seis meses que duré en la jefatura de la región me dediqué exclusivamente a ese trabajo y me parece que debe ser el único período en que le fui infiel a la acupuntura, o al menos no la practiqué. Pero en absoluto me arrepiento porque la experiencia fue maravillosa y me encontré con el desafío de manejar otra energía diferente de la puramente individual: la energía colectiva, la energía de masas y su potente posibilidad en el marco de un proyecto político revolucionario. La idea básica era extender la cobertura del Servicio Provincial de Salud a toda la población e intentar formas de participación y movilización popular hasta donde éstas fueran posibles.

Y en esos años muchas cosas eran “posibles” aunque no se sabe si factibles en términos de HOY. Era un momento hermoso, una etapa de amaneceres que muchos vivíamos con la ingenua naturalidad de suponer que debía ser así, como si eso fuera lo normal. Afortunadamente me sigue pareciendo que esa necesidad de vivir hacia la construcción de una civilización fundamentada en los valores primarios de la vida (amor, trabajo y conocimiento) es el rasgo más sano que puede observarse en la especie humana, y tal vez el único que podría depararle una existencia digna.

Pero en los últimos años he tomado dolorosa conciencia de que esta mediocre supervivencia de los días que corren, esta masiva angustia sin esperanzas, este desierto emocional predominante, esta cultura estúpida e hipócritamente formal, esta “confusa mezcla de máquinas y dioses”, este sistema de esclavos sometidos que nos condena a la infelicidad desde la cuna a la tumba, esta pavada disfrazada de frívola solemnidad, esta tonta iniquidad que pretende estar “avanzando” por la oferta de aparatitos que se ofrecen como juguetes a los niños o espejitos a los nativos, esto que está delante de nuestros ojos, esto es la deplorable realidad estándar que ambienta la vida de los hombres desde hace muchos siglos. Así debe haber sido casi siempre, ésta es la monótona y lúgubre rutina de la historia humana sólo interrumpida por algún pequeño orgasmo colectivo, pequeño estornudo que vuelve a permitir las esperanzas de un cambio profundo. A mi generación “le tocó” ese fantástico respiro, ese instante de apertura en la rígida coraza social y cultural que atenaza la vida y amenaza con extinguirla.

Y por eso algunos acontecimientos del pasado adquieren una trascendencia que en aquellos momentos no parecían poseer, como la experiencia en la Región Sanitaria II Este de San Juan. Durante los seis meses que duró esa experiencia hubo más cambios que los que puede registrar una crónica destinada a explicar la historia de una exploración al mundo de la energía. Sòlo rescataré algunos que pueden dar pistas acerca del rumbo general del itinerario, razón por la cual se desarrolla este capítulo. Todos tienen que ver con un manejo diferente de la energía, cuya “subversiva” utilización tiende a una pequeña pero significativa apertura de la opresiva coraza “que supimos conseguir”. Y entonces abro el baúl de los recuerdos para extraer tres momentos seleccionados entre los muchos de esa experiencia: el más hermoso, el más útil y el más significativo, aunque de una manera misteriosa todos me parezcan igualmente importantes.

 

Una vez cada quince días, en la audición Alero Huarpe de Radio Colón, se informaba qué día y a que hora iría el médico para atender a los pobladores de Sierra de Chávez, Sierra de Rivero y Sierra de Elizondo. La anécdota podría parecer intranscendente a condición de ignorar que estos tres poblados mínimamente habitados se encuentran internados en la sierra y carecen de un camino que los comunique con el resto de “la civilización”: apenas hay una senda que debe transitarse durante varias horas a lomo de mula y que desemboca en el camino que va desde San Juan a San Agustín de Valle Fértil, cerca del Valle de la Luna. Otro detalle curioso que puede advertirse es la mención de un programa radial, pero ustedes no saben lo importante que es Alero Huarpe en San Juan: un “lugar del éter” donde la gente del interior de la provincia puede citarse (don José con su sobrino Carlos el próximo martes a las diez de la mañana en el cruce del kilómetro 53), enviarse mensajes ( el 23 se casan la María y el Lucio en la iglesia de Jachal), o recibir cosas (Juana: Luisa te manda la ropa que te prometió en el micro que maneja Lucho, el jueves en la parada de siempre). Además pasa buena música folklórica: Alero Huarpe era hermoso, simple, cálido y sumamente útil. Si uno pretende emitir un mensaje que sea escuchado por la población rural de San Juan, ese mensaje debe ir por Alero Huarpe. 

Cuando concebí la idea de ir a atender cada dos semanas a esos pueblecitos de la sierra y logré que el gobernador “me prestara” el helicóptero de la gobernación (gracias, don Eloy Camus), sólo faltaba hablar con el conductor del programa y pedirle que informara a los pobladores con cierta anticipación cada uno de los viajes, ya que ni el día de atención era fijo ni doña Carmen podía dejar sus cabras solas de un día para otro expuestas al merodeo del puma.  No hay duda de que éste es uno de los recuerdos más hermosos de mi práctica médica: cuando llegábamos a las sierras, el piloto daba un rodeo en el cielo que equivalía a decir “aquí estamos” pero también daba tiempo para que los puesteros alejados de los puestos sanitarios pudiesen llegar a tiempo si querían ser atendidos

Puedo asegurar que la alegría y el agradecimiento de los habitantes de las sierras era muy conmocionante (¡ Por fin reconocen nuestra existencia !), de manera que cada uno de esos viajes era una especie de fiesta. La sierra más poblada (Elizondo) era también la última en ser atendida y cuando el trabajo terminaba, el piloto y yo almorzábamos un exquisito chivito cuyos preparativos comenzaban exactamente cuando se escuchaba el grosero traqueteo del helicóptero, que para ellos no era tan desagradable.

El recuerdo más “útil” está relacionado con la apertura de varios puestos sanitarios en pueblos que carecían de atención médica, y especialmente con la apertura del turno vespertino de atención médica en el hospital cabecera, el de Caucete. En un sistema tradicional de atención médica, con médicos tradicionales que atienden a una población tradicional, esta medida puede llegar a ser bastante revolucionaria.

Sólo era necesario hacer trabajar a los médicos exactamente la cantidad de horas por las cuales se les pagaba y redistribuir sus horarios. No fue nada fácil porque todo estaba programado para perpetuar un esquema del tipo “medicina pública por la mañana, medicina privada por la tarde”. De cualquier manera se puso en marcha y anduvo muy bien...hasta que me “fueron” de la Región. Fue una buena lección de hipocresía institucional: el Diario de Cuyo inventó una epidemia de fiebre tifoidea en mi territorio y a la semana me aceptaron una renuncia que nunca presenté.

El más “significativo” fue la reorganización interna del hospital de Caucete, que pasó de manejarse con las reglas de juego estándar: autoridad absolutamente centralizada en un médico -”casualmente” era también el dueño del sanatorio local- con el consenso de sus pares, a una exótica estructura tipo soviets donde estaban representados todos los trabajadores del hospital, lo cual incluye a los médicos. Y esto sí que fue realmente conmocionante. Se crearon un Consejo Técnico -integrado por los conocedores de cada área, básicamente los jefes de departamento- y un Consejo Asesor, donde cada sector de trabajo estaba representado proporcionalmente al número de trabajadores del sector, que habían elegido a sus representantes. 

De manera que en este Consejo (que sólo fue bautizado como “asesor” por un acto de cortesía con los verdaderos desplazados del poder absoluto) uno podía encontrar cuatro enfermeras, tres médicos, una obstetra, una lavandera, una cocinera, un chofer, dos camilleros, dos administrativos, etc. Todas las mañanas este Consejo Asesor tenía una reunión corta, de quince minutos y con la metodología de la dinámica grupal, para tomar rápidas y operativas decisiones acerca de la jornada de trabajo. Ésta comenzaba conmigo parado en la puerta del hospital con el famoso libro de firmas debajo de la axila izquierda y esperando a mis colegas, varios de los cuales solían llegar a diversas horas de la mañana. Después de la primera semana todos eran reyes de la puntualidad, ya que no veía ninguna razón importante para enojarme con una cocinera que llegaba tarde y no con un médico.

Pero era toda una revolución de las costumbres, de las concepciones culturales y en ese momento tan particular    -cuando creíamos que íbamos a construir otra sociedad-   era imposible darse cuenta de la trascendencia de estos gestos. Todas estas modificaciones fueron anunciadas en una asamblea bastante delirante: yo leía y explicaba las novedades desde un punto de apoyo basado en la racionalidad de funciones y en la eficacia del trabajo hospitalario, pero quienes me escuchaban no lograban entender la esencia del proyecto porque éste chocaba contra sus acorazados hábitos culturales. En ese tiempo no manejaba esta terminología reichiana, pero luego advertí la importancia de lo que estaba en juego, que era mucho más que un acto de racionalidad o de justicia laboral.

Recuerdo la asombrada expresión de todos los participantes de esas reuniones del Consejo Asesor, que tenía prioridad “legislativa” sobre el Consejo Técnico. Por primera vez una lavandera podía, en verdadero pie de igualdad, explicar algunas características de su trabajo a tres médicos que no podían disimular su fastidio por la extraña situación que les tocaba vivir. Y que en el caso de disentir debían argumentar racionalmente, y no desde la altura de un poder que impedía toda posibilidad de verdadero diálogo: esto era lo verdaderamente revolucionario de la experiencia. Todos los integrantes de ese Consejo aportaron elementos importantes a las decisiones porque se trataba de opinar acerca de su trabajo de todos los días, que conocían mejor que quienes decidían por ellos. Pero también estaban profundamente extrañados y hasta temerosos de que todo eso fuera, simplemente, un sueño. 

Tenían razón, pero aprendieron que se podía opinar de igual a igual con los dueños del poder, en este caso representados por la institución médica. También yo aprendí muchísimo con este experimento: comencé a darme cuenta de que las cosas no cambian por un simple acto de decisión o voluntad. Que hay dos niveles de cambio: uno es superficial y tiene que ver con la superestructura, con la apariencia formal. Ésta es la transformación que logran las revoluciones políticas, y no es poco. Pero el otro es mucho más profundo y se relaciona con la conciencia, con la formación desde el nacimiento y específicamente con el “estilo de funcionalidad energética” que una persona o una estructura social poseen. La desgracia para mí es que necesité bastante tiempo y muchos desagradables sucesos para advertir estas cosas. Lo cual es muy comprensible porque para entenderlas y asumirlas también yo debía producir muchos cambios en mi propio “chasis” personal.

En Caucete me tocaron dos ángeles de la guarda a las que estoy profundamente agradecido: eran Sonia y Marta,dos jefas de enfermeras de mucha categoría con amplio conocimiento y experiencia de trabajo. Sonia manejaba la enfermería de la Región pero también el Plan Rural, mientras que Marta tenía la misma responsabilidad en el ámbito del hospital cabecera. No solamente eran muy capaces: también tenían ese “algo” decisivo para trabajar en salud y que podría definirse como mística sanitaria. Fueron tan indulgentes y docentes conmigo como Dora en Tamberías, tanto en el aspecto puramente técnico de la función de enfermería como en la ambientación general del proyecto de cambio en marcha. Como tenían una natural mirada sanitaria acerca de todos estos problemas,  me ayudaron por conocimiento y convicción más allá de sus obligaciones laborales y aunque la cuestión política no representara demasiado para ellas, cosa con la cual terminé estando de acuerdo bastante más adelante.

Con el tiempo valoro cada vez más la experiencia de esos seis meses a cargo de una región sanitaria, porque fueron decisivos para comenzar a entender las profundas relaciones que existen entre las energías medioambientales, individuales y sociales. Así como el fuerte impacto que pueden producir en las personas algunas modificaciones funcionales “externas” como el experimento del soviet del hospital de Caucete. Más adelante todo esto se tornaría comprensible accediendo a una teoría general de la energía como la propuesta por Reich, que puede explicar la génesis histórica y el desarrollo de las estructuras caracteriales individuales y sociales.

Pero ese vertiginoso tiempo de tanta acción, creatividad, riesgo y construcción, es absolutamente inolvidable. Al igual que los maestros de El Encón, la gente de las Sierras y don Antolín Chávez, el mítico cazador de pumas de Chucuma, que había sido un militante peronista en los difíciles años de la Resistencia y ahora veía la posibilidad de volver a hacer algo valioso para la sociedad ayudando a mejorar las condiciones sanitarias de su pueblecito. 

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