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Un viaje por el país, el mundo y la medicina

5. De La Pampa a Estocolmo

Después vino el tiempo de Toay, una localidad cercana a Santa Rosa, la capital de la provincia de La Pampa. Fue una etapa de mucho trabajo en el contexto de un plan de salud ejemplar que cubría a toda la provincia. A diferencia de San Juan, donde había cierta combinación entre lo público y lo privado, aquí los espacios estaban claramente diferenciados y el plan cubría íntegramente a la población, también a la que tenía recursos para pagar asistencia médica privada. Me integré poco después del comienzo del plan, en 1975. Toay era en ese tiempo un pueblo típico de la pampa húmeda, donde coexisten ganaderos, empleados estatales, trabajadores de los talleres ferroviarios y lo que queda de las colonias de origen europeo que se establecieron en la zona. 

Y tiene dos recuerdos bastante disímiles de cierto genocidio, más conocido con el pretencioso nombre de Conquista del Desierto: uno es un mangrullo que formaba parte de algún fortín, el otro es la existencia de extrañas parejas formadas por descendientes de alemanes y mapuches, como es el caso de José Staldeker y Elena Cayuqueo, los padres de Juan. Lamentablemente no estuve el tiempo suficiente como para averiguar qué características originales podían tener Juan y sus hermanos de cruza -que eran muchos- pero la sola idea de un encuentro entre ambas culturas era apasionante.

El trabajo en Toay desbordaba cualquier expectativa y el plan funcionaba tan bien que en poco tiempo se transformó en una temible amenaza para la medicina privada provincial (todos los médicos del plan teníamos dedicación exclusiva), lo cual devino en problemas agravados por la situación política nacional: este movimiento de tenazas terminó con el plan pocos años después, pero fue una experiencia fantástica para todos los que tuvimos la fortuna de hacer medicina en esas condiciones. ¡Podía hacerse verdadera medicina sin trampas ni mentiras!

Los pediatras, que como grupo de “especialistas” eran lo mejor del plan, tenían la paciencia de explicar a cada madre porqué razón el nene no necesitaba medicamentos y sí, en cambio, nebulizaciones o vahos que podían practicarse en la casa. Y también que era mejor esperar un poco antes de poner en marcha la típica respuesta refleja que une fiebre y dolor de garganta con antibióticos. Pero muchas veces era imposible de entender por una población acostumbrada a la cotidiana tragedia de la hipermedicamentación : he visto cómo la mayoría de esas madres de muy escasos recursos económicos, salían del Centro Asistencial enojadas y con todo el aspecto de haber sido mal tratadas, cruzaban la plaza, llegaban a la farmacia de la esquina y compraban el frasco mágico correspondiente.

Por suerte los pediatras se mantuvieron firmes y seguían con su política de explicar pacientemente las razones de cada decisión terapéutica y yo seguí con mi curso acelerado de realidad social y cultura hegemónica : era claro que los médicos convencionales (casi todos) y los pacientes formaban parte del mismo club y se retroalimentaban mutuamente a favor de los laboratorios fabricantes de medicamentos, que se quedaban con las ganancias materiales de tamañas equivocaciones médicas. Y ocurría lo mismo que en San Juan: las ganas y el esfuerzo de transformar la realidad social para hacerla más justa y más humana, chocaban contra la estructura cultural y los prejuiciosos sistemas de pensamiento. 

Pero lo que resultaba más asombroso y difícil de aceptar es que la distribución social de tales estructuras prejuiciosas y conservadoras, no se correspondía exactamente con la pertenencia a determinada clase social: en realidad parecía no tener nada que ver con éstas. Y en todo caso -de acuerdo a mi experiencia personal-  la mayoría de los revolucionarios o personas con interés verdadero en el cambio de paradigmas sociales, políticos, científicos y culturales pertenecen a la denostada clase media, tanto en Argentina como en México y Suecia.

Después, durante el exilio en Suecia y en México, tendría tiempo de recuperar y valorizar estas experiencias. Pero todo esto se abrochó e hizo click cuando, además de reflexionar sobre la apabullante cantidad de acontecimientos que había vivido, pude conocer y estudiar la teoría energética de Reich, acerca de la cual me pondré denso y extenso un poco más adelante.

 

Toay significó la vuelta a un trabajo asistencial donde pude volver a practicar acupuntura extensa y profundamente. Entonces, en un momento que no recuerdo pero que debo haber vivido con emoción y cierto estremecimiento, advertí que estaba haciendo una inversión de la relación entre la filosofía del conocimiento de la acupuntura y la de la medicina occidental. Cuando comencé a trabajar con acupuntura hice lo único que podía de acuerdo a mi formación: la ubiqué en el contexto de la medicina interna de occidente, utilizándola única y exclusivamente como una herramienta terapéutica y siguiendo las indicaciones de los libros, que abundan en diversas “recetas de puntos” para tratar distintas enfermedades. De esta manera seguía aceptando que, por ejemplo, el asma bronquial es un espasmo de los bronquiolos producido por un mecanismo alérgico, bronquitis obstructiva o ambas cosas. Y nunca se me hubiera ocurrido pensar en serio que, para la acupuntura, la mayoría de estos cuadros se debe “al frío del pulmón ocasionado por un vacío del meridiano de riñón”. ¡Esto parece demasiado loco para nuestra formación médica occidental!

¿ Cómo procede, entonces, un médico occidental que practica acupuntura ?

Muy fácil: pone agujas en los puntos que aconseja la tradición (o los calienta con moxas) y se queda contento con los resultados, sin profundizar en absoluto el marco interpretativo que le otorga su fundamento y sin cuestionarse el propio. Ya sea por superficialidad y pereza intelectual -una característica de la mayoría de los médicos- o por temor al ridículo delante de los colegas, se queda sin el aporte más valioso de la acupuntura: su visión energética de la vida en general y de las enfermedades en particular. Puede entenderse la cuestión del “cerco gremial”, porque aún los colegas más inteligentes y menos cuadrados miran el asunto de costado y con un poco de sorna. Los demás son capaces de reírse abiertamente, tal cual corresponde a un cretino educado para ser técnico de un fragmento de órgano. Porque como decía el gran biólogo Paul Chauchard: “los médicos son veterinarios de órganos”, y puedo asegurar que hay pocos que le escapen a esta lapidaria definición, con perdón de los veterinarios.

Creo que empecé a escaparme de la veterinaria de órganos en Toay, cuando pude empezar a valorar el alcance y la profundidad de los postulados básicos de la medicina tradicional china. Podía dedicarme íntegramente a la medicina porque los sueños revolucionarios habían pasado o estaban empezando a pasar (aunque no el espíritu de utopía) y era necesario empezar a recomponer la existencia personal y grupal. Entonces pude utilizar de verdad la experiencia asistencial y sanitaria de San Juan agregada a la que estaba viviendo en La Pampa. Pues bien: hacer medicina rural es una oportunidad de oro para valorar a la acupuntura, cuyo método de análisis valora aspectos absolutamente olvidados por el nuestro como la decisiva importancia de las estaciones, los climas (no es lo mismo) y las emociones básicas asociadas al desempeño de las diferentes funciones vitales relacionadas con cada uno de los órganos y sistemas.

No sé si hubiera valorado suficientemente estas cosas de no haber sido médico rural; tal vez hubiera encallado en algún servicio de endocrinología o me hubiera dedicado a la neurofisiología (ambas son disciplinas apasionantes), pero me habría perdido la oportunidad de acceder a la medicina energética. Y ésta constituye el camino más coherente y profundo para intentar un conocimiento sintético y operativo acerca de la especie humana, su forma de funcionar, su manera de enfermar y los problemas de salud que se suscitan, tanto a nivel personal como social.

La medicina tradicional china es una ciencia de correlaciones coherente con un postulado básico de su filosofía: “sabio es quien encuentra lo que las cosas tienen de común entre sí”. Curiosamente todo el desarrollo de nuestra ciencia en los últimos siglos se fundamenta en lo contrario: el conocimiento de lo que las cosas tienen de distinto entre sí. Es la razón por la cual parece un árbol que posee cada vez más ramas y más hojas que se ramifican tendiendo al infinito, pero cuyo acceso al tronco y a las raíces es cada vez más remoto e impracticable, ya que impresiona como un camino que se orienta en una sola dirección. Y por otra parte este conocimiento no ayuda en si mismo para acceder a la felicidad (“¿qué está diciendo, qué tiene esto que ver con la ciencia, que sólo busca la verdad?”), porque no contiene demasiada sabiduría, sino más bien una serie de informaciones que se traducen únicamente en aparatos y consumo. Excluyendo a la física teórica -que sí es una indagación profunda y apasionante acerca de la realidad- las otras ciencias no parecen merecer el nombre de tales: salvo honrosas excepciones, en general se utilizan como técnicas manipulatorias para lograr objetivos concretos al servicio del poder de turno.

Y bien, visto y considerando que el espacio de lo macro-político estaba siendo clausurado a balazos, me dediqué a lo micro de la salud investigando sobre medicina con la desesperación de un avestruz que trata de ignorar que está viviendo en un gran campo de concentración disfrazado de País. Mis días de trabajo en el Centro Asistencial de Toay empezaban bastante temprano, con una pila impresionante de historias clínicas a mi izquierda y el infaltable mate a la derecha, listo para intentar verificar si los antiguos chinos tenían tanta razón en la teoría como indudablemente la tenían en la práctica a través de la terapia acupuntural. 

Entonces vuelvo a un tema que ya ha sido esbozado y anunciado: la experiencia de ser médico en un microsistema ecológico como el que permite la medicina rural fue determinante porque allí la realidad entera estaba delante de mis ojos. Sabía someramente quién era cada quién en el pueblo, sus características más evidentes a nivel psíquico y somático, cuál era su trabajo y su rol social, cuáles eran sus vínculos más cercanos (¡esto fue fantástico para aprender acerca de la energía grupal y sus alteraciones porque atendía familias y grupos enteros !) y qué relación guardaban las diversas enfermedades con los climas, tanto en sentido físico como emocional y social.

¡ Era un laboratorio a mi disposición para investigar si las extrañas teorías chinas tenían fundamento o eran pura magia para “calmar los espíritus” !

Estudiando en detalle muchos casos, pude verificar que tales correlaciones postuladas por la Medicina Tradicional China (que asociaban órganos con climas, emociones, funciones sensoriales, etc.) se cumplían inexorablemente. Era cierto que el pulmón tiene que ver con la piel, el otoño y la tristeza. Y también que el riñón se relaciona con el frío, los huesos, la sexualidad, la audición y el miedo. O que el hígado va con la visión, la primavera, los músculos y la ira ( “¿Qué te pasa, andás mal del hígado?” ), entre otras asociaciones demostrables que observaron y describieron esos genios anónimos a quienes debemos este conocimiento. No puedo explicar lo que sentí cuando el caudal de información se transformó en imponente y abrumador a favor de la vieja medicina china. Fueron sentimientos mezclados, pero predominaba la alegría de confirmar la intuición del “sentido común”: el hombre es un suceso sin “partes”, esta medicina devuelve la fragmentada unidad al ser, las emociones y los órganos están indisolublemente unidos en la misma persona. Y ésta se encuentra íntimamente asociada a los demás sucesos del entorno, porque...¿cómo diablos podría ser de otra manera?

¿ No es, acaso, bastante más loco pensar lo contrario ?

La prueba de mi convicción de que la teoría de la energía expresada en los polos Yin y Yang y la ley de los Cinco Movimientos (los dos pilares de la acupuntura) son básicamente correctas, es que ahora estoy escribiendo este libro. Nunca más me moví del camino de investigación que había comenzado unos años antes, el día que primero le hice un reportaje a don José y luego lo atendí, ese hermoso día en que nací a la medicina.

¿ Por qué me incliné por ese camino, que me hizo virar la interpretación de las enfermedades que tenía casi por “herencia científica”, desde los tiempos de la facultad de medicina ?

Por tres razones: la primera por la experiencia rural, que me hizo verificar que las famosas correlaciones de los chinos son reales. La segunda porque esta medicina contempla de verdad a las emociones, integrándolas dentro de los ejes funcionales, de manera que demuestra ser una medicina verdaderamente Psicosomática (¡ no entiendo cómo se las arregla la medicina oficial para no serlo, oficializando la esquizofrenia!). Y la tercera porque la gente bien tratada con acupuntura no sólo mejora de su enfermedad: dice sentirse bien, ¡y ésta es una diferencia clínica muy significativa!

De manera que el camino era el estudio de la energía, pero ¿cómo podría profundizarse este camino, encontrando “formas objetivas” de estudiarla, demostrarla y comprenderla?  Estaba envuelto en estas cavilaciones cuando la realidad sacudió duro en el entorno cercano y hubo que sincerar el exilio interno transformándolo en externo. Chao a los asados, al fútbol y a la uterina cultura nacional. Y más vale me voy rápido de esta parte de la historia, no sea cosa que vuelva a correr el mismo riesgo que cuando vivía como un avestruz en Toay, La Pampa.

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