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Energía, carácter y sociedad

6. Coraza, peste emocional, ideología

Estaba feliz, nadando en un mar.

Había tirado un cable para que mamá me alimentara a través de esa cosa esponjosa que llaman placenta. Tuve que fabricarla porque si no conseguir oxígeno y alimentos hubiera sido muy difícil: este mar es muy chiquito y no me hubiera bastado.

 

Si imaginamos al campo energético del humano que conocemos como si fuera una esfera, podemos imaginar tres estratos. El más profundo -el núcleo- expresa los valores de origen, los primarios y los que cabe suponer en un organismo sano con toda su potencialidad a desplegar. Son el amor, el trabajo y el conocimiento: constituyen la base de la existencia y deberían gobernarla. Pero lamentablemente, no es esto lo que ocurre. En la historia de cada humano existe una secuencia inevitable y cronológica: el primer campo energético es la relación madre-hijo, desde la concepción hasta los primeros días después del parto. Progresivamente el recién nacido va integrándose con el segundo campo energético, que incluye al padre y a los otros miembros del grupo. Cuando concluye esta etapa, el niño va ingresando al tercer y último campo, la sociedad, especialmente a partir del sexto año de vida, donde suele comenzar su escolarización. Esto es a grandes rasgos, porque el esquema puede sufrir modificaciones.

El humano promedio recibe variadas agresiones relacionadas con la imposibilidad no genética de desplegar sus cualidades existenciales. La represión de las tendencias naturales es de rigor en la civilización humana que conocemos, en el modelo de desarrollo humano vigente. Ni el espíritu de aventura y conocimiento son verdaderamente fomentados -como no sea para su formación relacionada con el mercado laboral-, ni el trabajo es visto como autorrealización y aporte solidario a la sociedad. Y mucho menos se desarrolla el amor en la sexualidad natural, que es frustrada desde sus comienzos, inhibida por moralismos absurdos y compulsivos. 

Si se agrega a esta lista la escasa calidad de los nutrientes y las cualidades del medioambiente: alimentos, medios de comunicación, educación, etc., se comprenderá que el niño en desarrollo carece de modelos vivos con la posibilidad real de nutrirlo. Esto provoca congestiones y bloqueos en la circulación de la energía, lo cual concretamente deviene en enfermedad, más severa cuanto peor y más precoz es la exposición del pequeño a los factores enfermantes.

Es entonces que se va desarrollando una funcionalidad energética desviada con el objeto de lograr una defensa adecuada contra la agresión externa. Pero también una defensa contra los impulsos primarios que ya no pueden vivirse plenamente, una manera de disminuir el sufrimiento apelando al recurso de sentir menos. La energía derivada en estos menesteres suele provocar rigideces de todo tipo (psico-biológicas), entre ellas la contractura crónica de variados grupos musculares. El hecho de que Reich haya notado esta disposición en gran cantidad de pacientes que obedecían al patrón descripto, le hizo imaginar seres acorazados, debido a lo cual denominó coraza a esta forma defensiva. Hoy sabemos que no sólo existe la coraza muscular, que es superficial, sino otra más profunda: la coraza visceral y el acorazamiento psicológico contra las propias emociones “descarriadas”. De manera que se ha ampliado el concepto de coraza.

Para nuestros fines sanitarios, es importante decir que la dificultad o imposibilidad de vivir de acuerdo a los principios básicos de la vida -los del núcleo- han alentado el desarrollo de un estrato secundario donde residen los “anti-valores”: hipocresía, perversión, sadismo, masoquismo, envidia, espantosa mediocridad. El poder en lugar de la potencia, el dinero reemplazando al amor, la fama y el éxito a los codazos para disminuir la penosa sensación de infelicidad y la angustia crónica.

Pero como esta presentación es “inadecuada” a los fines sociales -la hipocresía estándar recita con la boca valores que en la vida real borra con el codo- existe un tercer estrato, el más externo: la diplomática apariencia que tapa la voracidad con una sonrisa deslumbrante y esconde las miserias del alma con un ropaje encantador.

La orgonomía postula que cuando la agresión es brutal y aparece durante la gestación, el resultado será una persona psicótica (no en el sentido psiquiátrico habitualmente utilizado), alguien cuya energía es mínima y mal distribuida, ya que se encuentra totalmente bloqueada en los segmentos superiores: una persona que ha sido quebrada de raíz. Sobre esta característica se desarrollan, no sólo la psicosis, sino el cáncer (es una psicosis celular), el Sida y otras graves enfermedades, como las degenerativas. Son hipoorgonóticos (baja energía) y disorgonóticos (desequilibrada distribución). Reich y sus continuadores las denominaron biopatías primarias.

Si el momento de la crisis aparece durante el primer año de vida (amamantamiento), entonces asistiremos a la formación de una estructura borderline, que esconde un núcleo depresivo encubierto instalado por el estrés del miedo durante el período neonatal, desde el décimo día de vida hasta los 9 meses de edad. Son sujetos con su carga energética mal distribuida: disorgonóticos. Esto ocurre en neoplasias tratables, HIV positivo, diabetes, obesidad, alergia, hipertensión, asma y artritis reumatoidea, entre otras. Constituyen las enfermedades somatopsicosomáticas o biopatías secundarias.

Luego tenemos las psiconeurosis como la gastritis, la úlcera, la angina de pecho, el infarto de miocardio, la colitis, la cistitis, la hipertrofia prostática o el mioma uterino. Son las enfermedades somatopsicológicas y corresponden a sujetos sin núcleo psicótico en los cuales el estrés del miedo aconteció durante la vida post-natal, desde la adquisición de la muscularidad intencional -en el noveno mes- hasta la pubertad.. Suelen presentar una carga energética excesiva aunque mal distribuida: hiperorgonóticos disorgonóticos.

Luego, y en orden decreciente de gravedad, encontraremos a los neuróticos. Son personas sin núcleo psicótico, con miedo vivenciado desde la pubertad en adelante, con una carga energética adecuadamente distribuida, pero en exceso: son los hiperorgonóticos. Esta estructura caracterial es típica de las somatizaciones neuróticas.

Y por último los sujetos realmente sanos: maduros, con carga, distribución y circulación energética fisiológica. Son normo-orgonóticos y responden a lo que la orgonomía denomina carácter genital.

 

Mi maestro, el doctor Federico Navarro, arriesga una distribución estadística de estas estructuras caracteriales en la sociedad:

  1. Sujetos con núcleo psicótico: 30% de los individuos.

  2. Sujetos borderline: 45% de los individuos.

  3. Sujetos psiconeuróticos: 20% de los individuos.

  4. Sujetos neuróticos: 4,9% de los individuos.

  5. Sujetos con carácter genital: el 0,1% restante.

No está mal si uno lee los diarios, mira o escucha los noticieros y sale a mirar y escuchar a la calle de vez en cuando. No parecen datos alarmistas, sino apenas realistas. No cabe duda que implican una grave patología colectiva, pero esto es lo más cercano a la verdad, si es que alguna vez nos animamos a reconocerla.

 

Y no podemos echarle la culpa a Dios, ni al Diablo ni a desconocidos extraterrestres ni a los genes por la responsabilidad de esta grave situación sanitaria, que no tiene epidemiología conocida en la ciencia oficial. Es un largo proceso histórico en el que “después que condiciones y cambios sociales transformaron las exigencias biológicas originarias del hombre en la estructura de su carácter, ésta reproduce la estructura social de la sociedad bajo la forma de ideologías. Esta cita de Reich, que pertenece al prólogo de Psicología de Masas del Fascismo, ilustra sobre la función de las variadas ideologías que ofrece el mercado: mantener a raya la vitalidad natural de su núcleo mintiéndole acerca de su origen y destino, moralizarle la existencia con falsas obligaciones y crearle una gran desconfianza acerca de sí mismo, de sus límites y posibilidades. 

Las ideologías son una fábrica de sometimiento a través de las “sagradas instituciones” Y ahora operan a nivel mundial gracias a la “globalización”. No es fácil salir de este círculo opresivo, pero hay esperanzas si se llega a la conclusión de que esta grave distorsión del desarrollo humano no reconoce causas genéticas, sino culturales: tiene que ver con una modalidad de la construcción social, cultural, económica y política. Y ésta que conocemos y padecemos, no es la única posible.

El aporte de la orgonomía reside en su capacidad para ver más profundamente la génesis de semejante enfermedad. Si la superestructura política y jurídica de una sociedad verdaderamente representa el carácter social medio de esa sociedad, entonces constituye una pérdida de tiempo y energía considerable suponer que la “culpa” reside en una mínima cantidad de autócratas y explotadores. Por supuesto que tal sector social existe, pero destruirlo para reemplazarlo por otro que posee idéntica enfermedad en lo profundo de su carácter medio -como ya se ha intentado con la consiguiente frustración- no aportará nada realmente nuevo y oxigenante a la causa humana.

La organización de las fuerzas que operan contra el desarrollo natural de la vida, produce un impacto sanitario cuya consecuencia puede denominarse peste emocional. En la medida que esta peste se ha extendido a lo largo y ancho del planeta, afectando de variada manera a todas las culturas, ha creado una dramática situación cuya expresión más concreta es la del desierto emocional. Y aquí no hay una referencia exclusiva a los aspectos psicológicos de tal actitud, ya que el método funcional que propone la orgonomía alcanza al nivel físico del desastre: el desierto es una entidad física donde la muerte predomina claramente sobre la vida, tal cual ocurre hoy en vastas extensiones del planeta. 

Lo que está ocurriendo con la selva del Amazonas, es una muestra muy clara de tal proceder: si alguna corporación necesita destruir esta oxigenante concentración de especies vegetales no duda un instante en hacerlo. Pero debe quedar claro que estos verdaderos asesinos de la vida cuentan con el aval de la mayoría silenciosa, porque de otra manera no podrían hacerlo. La suicida complicidad de la mayoría de la humanidad más allá de su pertenencia de clase, funciona como indicador acerca de las gigantescas proporciones de la plaga emocional y su desarrollo.

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