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Energía, carácter y sociedad

7. Enfermedad social y patología individual

El cuadro de situación es alarmante pero no desesperante.

Los desarrollos anteriores funcionan también como forma de explicar y fundamentar la angustiada proclama de Lorenz, Costeau y otros hombres de esa estatura. No se puede catalogar de “alarmismo”, “pesimismo” o “escepticismo” a esos comentarios acerca del momento que está atravesando la especie humana. A no ser que uno adscriba a la estúpida civilización del Capitalismo Mundial Integrado, claro. Y a sus variados sistemas de programación del ser humano, que por ahora triunfan desde la cuna a la tumba. Un aspecto de esta programación, pero en el nivel neurofisiológico, puede advertirse en Los Tres Cerebros.

 

Pero, a los fines de este trabajo, no pueden descuidarse los aspectos sanitarios del problema. Ëste es el marco en el cual se desarrollan casi todas las enfermedades humanas.

Un organismo vivo sano, por lo tanto equilibrado y potente, puede resistir la mayoría de las agresiones contra su salud. Como decían los antiguos chinos: “El problema no es el invasor, sino el que le abre las puertas”. Es claro que cuando la fuerza del “invasor” es demasiado poderosa, también podrá afectar hasta al más potente de los humanos. La historia del efecto devastador de las enfermedades epidémicas y endémicas lo demuestra.

La medicina energética es una tentativa para ayudar al hombre a pararse sobre sus pies y comenzar a diseñar otro futuro más humano que éste, tan próximo a la autodestrucción.

Pretende la autorregulación como objetivo de sus tratamientos individuales a través de la integración de los aspectos físicos, emocionales y sociales del hombre , de manera que no mira para el costado cuando se trata de encarar los temas sociales y políticos. Si bien carece de una ideología política partidista, estas problemáticas son constitucionales y decisivas en su abordaje de la realidad. No quiere ni puede escindir al hombre del medio ambiente en el que habita, pero su concepción de “ambiente” va más allá de analizar la pureza del aire o la contaminación de los alimentos: abarca las estructuras sociales y políticas, al igual que las concepciones culturales en las que verdaderamente se habita, ya que sin su saneamiento no hay curación posible.

Esto implica un tope para las ambiciones de un proyecto terapéutico, así como un recorte de las expectativas individuales. Pero mirando hacia el futuro, pone las cosas en su lugar: un proyecto curativo de verdad debe contemplar a la humanidad en su conjunto, y no sólo a sus integrantes individuales.

Tal vez, muchas de las expresiones artísticas funcionan solidariamente con este emprendimiento, ya que el arte ha quedado como única expresión del sano núcleo bioenergético humano en el campo social. Aquí -en el mundo de las variadas artes- parece posible exponer las grandezas y las miserias humanas más allá de la censura.

Y hasta vivir soluciones que tienen valor mientras el cine está a oscuras o no se arribó a la última página de un libro apasionante, que uno trata desesperadamente de no terminar. ¿Dejamos la luz apagada para siempre o tratamos de iluminar el mundo a la salida del cine?

Por ahora, infaustamente, predomina otra regla de juego:

La pelea por la supervivencia a cualquier precio, la falsedad, la tibieza de los sentimientos enfrentados a la maquinaria cerebral que, escindida de la emoción, se dedica a "ser eficiente" y fabricar los monstruos de la razón, el sometimiento servil a la autoridad, la dificultad o negativa para experimentar el placer (que se siente como algo indebido o vivido con culpa) , el desconocimiento de que se ha sido manipulado por las instituciones y los vínculos más cercanos desde el comienzo de su existencia -LA GESTACIÓN- a cambio de cierta cobertura contra el miedo ancestral. Todas las instituciones y vínculos parecen funcionar de acuerdo a esa máxima de oro, un chantaje perfecto y no reconocido que establece la negociación básica en la vida de esa persona: "Te ofrezco la seguridad de que pertenezcas a una familia, un grupo, una clase, una corporación o un país a cambio de tu conciencia y tu libertad, así sentirás menos el miedo a la vida". 

 

Mas bien interesa  profundizar en los mecanismos de transferencia energética que han hecho posible construir esta desdichada civilización y las instituciones que la garantizan y custodian.

Todo este juego funciona en base a una regla de juego indiscutible que avala y legitima la prisión social estándar: cada persona nacida en "el seno" de un grupo alejado del poder (o sea: casi toda la humanidad) "viene al mundo" (?!) con un contrato social ya firmado, en blanco y para el resto de sus días. Ese contrato estipula que tal ser humano no hará uso de su derecho a vivir libremente, a intentar una existencia dichosa y creativa solidariamente unida al resto de la comunidad humana y de los otros seres vivientes.

Lejos de esta posibilidad -la única que razonablemente podría constituir un objetivo para las existencias individuales- cada debutante en la vida debe suscribir a su debido tiempo un contrato como el que Goethe imagina en su genial Fausto. Esta obra parece una crónica periodística de la historia de la especie humana, tal su fantástica agudeza y profundidad para describir la gigantesca trampa construida con el fin de inhibir el desarrollo del núcleo primario del campo energético humano.

Y el contrato es así: "ya que tú eres un ser desvalido por naturaleza, un pobre guiñapo expuesto a las fuerzas inclementes de la naturaleza, un infeliz que no puede vivir sobre sus propios pies sin sentir en carne propia y a cada instante el terrible miedo a la existencia, te propongo un pacto de por vida: a cambio de la protección contra este temor ancestral y paralizante que amenaza tu supervivencia, delegarás una parte sustancial de tu energía en la construcción y mantenimiento de las instituciones que te darán apoyo y continencia, acatarás su mensaje y lo asumirás como propio."

Este acatamiento, esta verdadera abdicación al trono de la vida no es simplemente una "idea" o dogma sostenido como tal, es una operación en la cual cada persona paga el precio de existir renunciando al despliegue de su ser. Pero esta "renuncia" no es un acontecimiento que meramente sucede a nivel de las ideas o por medio de estúpidas formalidades a las cuales es tan adicta nuestra cultura. Ese "sometimiento esencial" se concreta cotidianamente por medio del pago del mayor tributo posible: la entrega de una cantidad sustancial de la propia energía. El firmante de tal acuerdo cree con ingenuidad que entonces podrá gozar de su "irresponsabilidad social"; si él no tiene manejo de poder no tiene porqué preocuparse por "los demás": de esto que se encarguen las autoridades o algún tonto samaritano que quiera lavar las culpas de la especie.

  ¿Será tiempo para utopías este que vivimos?

No, la sola mención de la palabra provoca rechazo porque constituye una condena: si algo no tiene lugar es porque no se puede, lo cual hace inútil su concreción y absurda su búsqueda. Es parte de la contradicción en la que se vive. A veces hasta se alienta a la juventud a “tener utopías”, a sabiendas de que cuando “maduren” las abandonarán espantados por la realidad.

No, esto no es un juego gracioso ni existen Mesías salvadores.

Es inútil seguir delegando.
 
Alguna vez, en la Argentina, un minúsculo y falso grupo político lanzó la siguiente frase publicitaria:

  A este partido lo jugamos todos

Es como mentir con la verdad, sin demagogia ni ilusiones vanas.

Ya lo advirtió Reich hablando del fascismo, pero extendiendo su análisis al conjunto de los sistemas políticos y a la condición humana de estos tiempos: “Es el carácter místico-mecanicista de los hombres de nuestra época el que crea los partidos fascistas, y no a la inversa”.

Suerte que la vida en general y la sociedad humana en particular, siguen en construcción:

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