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Las funciones

1. ¿Qué significa "funcional"?

Veamos si la procedencia de la palabra nos ayuda a entender su significado más profundo. El Breve Diccionario Etimológico de Gómez de Silva, define a función como “acción propia de una persona, órgano o mecanismo; actividad, ocupación”. Y funcionar es “servir, ejecutar la acción propia”, así como funcionario es una “persona que desempeña un empleo público”. Procede del latín functionem, acusativo de functio: “función, ejecución, cumplimiento, actividad”, de functus, participio pasivo de fungi (ejecutar, cumplir, desempeñar) + io (acción, proceso). Y el latín fungir proviene del indoeuropeo bhu-n-g: “ejecutar; gozar”, de bheug: “gozar”, fuente también del sánscrito bhunkte: “él goza o consume”.

¿Está claro por qué el acto sexual es la “consumación”? Ahora sí, pero desconocíamos que este “goce” está íntimamente relacionado con la “función”. A veces parece mágico el hilo de oro que une el origen de los términos con profundas realidades vitales. Y éste es el caso, cuando se repara en que Wilhelm Reich definió a la “fórmula del orgasmo” (tensión - carga - descarga -  relajación) como “la fórmula de la vida”.

Hasta ahora tenemos que función es un movimiento (acción, proceso), en el cual se ejecuta o cumple algo que es propio de la persona, órgano o mecanismo. Pero ¿a fines de qué se realiza esta acción? El conjunto posible es muy vasto, porque se refiere tanto a un ser vivo (órgano en función del organismo) como a estructuras sociales (persona que tiene un empleo público en función de una institución).

Seguramente, ahora nos convendrá bucear en el significado de holístico y sistémico. Este último término proviene de sistema, “conjunto de elementos relacionados entre sí”, del griego systema (conjunto, reunión), de synistánai (reunir, combinar, colocar juntos) de syn- (juntos) + histánai (colocar, poner de pie). Mientras que Hólos es un término griego que significa entero. No es casual que estos términos tengan tanta difusión en el campo de la medicina alternativa porque, en general, las distintas escuelas y técnicas que la desarrollan intentar paliar el evidente fracaso teórico y práctico de la medicina en considerar a una persona como un todo unitario.

 

Es notable que la medicina moderna haya logrado con tanta perfección la disección de cada individuo, al extremo de fragmentar tanto el conocimiento como la atención médica en un número de especialidades que ya, francamente, tiende al absurdo. Y este empeño es asombroso porque choca notoriamente contra una intuición básica fuertemente arraigada en cada persona: en “algún lugar” cada persona sabe que está centrada o unida, no es posible tanta disociación, a pesar de que las concepciones dominantes hayan logrado establecer las “partes” y los diferentes “dominios”. Pero esto tiene su explicación, como iremos viendo a lo largo de este capítulo.  En cambio, es importante retener la idea de función como acción o movimiento, al mismo tiempo propio o característico de algo (servir), pero también integrado en un conjunto (sistema) que distingue a un todo (persona). La miope manía mecanicista ha prioritado la materia sobre la energía, poniendo excesivo énfasis en la función específica de cada órgano y elevando a la célula típica de cada tejido a una categoría divina. Por eso la teoría celular de Wirchow sigue siendo hegemónica en la teoría y práctica médicas.

No puede dudarse que se trata de una manera de mirar, de un método, que parte desde la materia y presupone un vínculo mecánico entre los distintos eventos vitales (“animados”) y no vitales (“inanimados”). Tampoco es casual que la ciencia  mecanicista (no sólo la medicina), se haya ido por las ramas examinando los detalles de algún aspecto de la realidad en un operativo neurótico, de fuga, que la ha alienado respecto del tronco y las raíces. Como si la realidad tuviera etiquetas diversas para cada ciencia (esto es sólo para físicos, esto otro sólo para médicos, etc.) las diversas disciplinas se han enseñoreado en un aspecto de la realidad que han denominado “parte”.

Aceptada la parte, la escisión esquizofrénica ha pasado a ser universalmente aceptada y cada ciencia se ha desarrollado por separado. Esto no sería perjudicial ni dramático si existiese entre ellas una mirada idéntica a la realidad: una mirada unificadora. Pero la ciencia mecanicista está muy lejos de ello: las “partes” adquieren autonomía y se alejan, huyen divergentes hacia un punto en el horizonte distinto para cada disciplina, contribuyendo a la desesperanza de estos tiempos. Entonces, la adquisición de un método que podría develar parte del todo, proporciona conclusiones “filtradas”  por axiomas indiscutibles.

En este momento se me ocurren tres ejemplos de esa actitud. En biología, por ejemplo, se ha apelado excesivamente al estudio de materiales fijados, o sea: muertos. Paradójicamente, el estudio de la vida ha devenido en estudio de la muerte. El prejuicio de que la anatomía (forma) determina la fisiología (función), ha orientado la búsqueda en el sentido de afinar el conocimiento de lo anatómico en desmedro de lo funcional. Es claro que resulta altamente positivo conocer los detalles de las formas, de las estructuras materiales. Pero si esto resulta predominante respecto del estudio en vivo de la naturaleza, es que esa disciplina se torna contradictoria con sus propios fines. La extensión de estos supuestos tiene resultados peligrosos en medicina, ya que los valorados estudios de imágenes suelen proporcionar información valedera, cuando ya es un poco tarde para ser terapéuticamente eficaz.

Otro prejuicio aceptado con entusiasmo es el de la existencia de “los gérmenes del aire” para explicar la génesis y desarrollo de los protozoarios. Uno puede pasarse la vida estudiando semejante axioma sin lograr nada claro, pero su efecto ideológico es letal para suponer e investigar otras formas de desarrollo parasitario en particular y microbiológico en general, como es el caso de los distintos virus, hongos y bacterias. Para la medicina moderna es inconcebible la hipótesis de que, muchas veces, estos microorganismos pueden ser originados en un proceso de degeneración de mucosas enfermas, que luego perpetúa el ciclo en forma de autoinfección. 

Así, tendríamos dos maneras de explicar la infección: una de origen exógeno cuando su concentración en el medio ambiente aumenta por encima de la capacidad defensiva (ésta es la única admitida) y otra de origen endógeno, cuando la mucosa degenera pasando a un estado de forzada “disgregación” para originar formas de vida inferior (ésta ni siquiera es considerada porque contradice los axiomas vigentes). Sin embargo, existen cada vez más evidencias de que el desarrollo de muchas enfermedades coexiste con la aparición de formas microbianas: cáncer, sida, hipertensión, úlcera gastroduodenal, etc. Entonces, los médicos se miran desconcertados y dicen: “¿Ven?, la úlcera es causada por Helicobacter pylori, no por desajustes emocionales como creían los psicologistas”. Pero ni siquiera son capaces de considerar la génesis interna de tal bacteria, porque ello obligaría a revisar demasiadas cosas que no pueden ni quieren tocar.

El tercer ejemplo es, apenas, un comentario basado en el recuerdo. En físicoquímica de la escuela secundaria, el texto disertaba (y el profesor recitaba) acerca de la materia “inanimada”, comparando su quietud respecto de la “animada” . Pero bastaba leer acerca de un solo átomo para cuestionarse tal definición. Uno se preguntaba cómo podía definirse de “inanimada” a una estructura equivalente a un diminuto sistema solar, compuesta por un núcleo (sol) y una serie de electrones (planetas) girando a diversa velocidad. ¿Adónde estaba la quietud, la inmovilidad? Pero nadie era cuestionado por aseverar tal barbaridad: era, simplemente, una verdad por definición.

 

En el desarrollo de este capítulo, asistiremos a una versión diferente de la realidad de los seres vivos, fundamentalmente del hombre. Tanto la funcionalista orgonomía de Wilhelm Reich como la taoísta medicina tradicional china tienen una coincidente versión funcional de la realidad, de gran alcance para fundar la medicina del futuro. Ambas parten desde la energía para explicar la materia. Ambas son dialécticas en el sentido de suponer que la realidad lo es, y por lo tanto el método para comprenderla. O sea: suponen que el hombre puede comprender dialécticamente la realidad porque ésta también lo es y, por lo tanto, el “aparato” humano capaz de sintonizar con ella. Y también coinciden en que comprender la verdad del funcionamiento humano implica advertir cuáles son los principales movimientos de la energía.

Esos movimientos básicos son las llamadas funciones. Y como ocurre con la misma concepción de la energía vital u orgónica, no son  exclusivamente ni “físicos” ni “psíquicos”: esos movimientos o funciones son, simultáneamente, físico-biológicos y psico-emocionales. Ninguno de ambos aspectos del ser es “autónomo”: ambos se relacionan en un estilo de identidad y antítesis que explica satisfactoriamente la totalidad de nuestro ser y sus fuertes relaciones con el resto de la naturaleza y el universo. Y pueden relacionarse así porque proceden del mismo lugar: el tronco plasmático bioenergético que es, simplemente, la energía orgón o vital, la energía de la vida.

  “Es probablemente cierto que generalmente, en la historia del pensamiento humano, los desarrollos más fecundos nacen en la intersección de dos corrientes de ideas. Las corrientes pueden tener su origen en campos completamente diferentes de la cultura, en épocas y en lugares culturales diversos. Cuando se encuentran efectivamente y mantienen una relación suficiente para que pueda ejercerse una interacción real, se pueden esperar desarrollos nuevos e interesantes”

                                            Werner Heisenberg

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