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Programa Azul

2. Necesidades y carencias

La historia humana es vasta y pequeña, al mismo tiempo. Si bien somos recién llegados a la fiesta de la vida, son numerosos los intentos relacionados con la búsqueda de las mejores condiciones de vida. El hombre ha sido médico de sí mismo desde sus comienzos y ha intentado comprender y resolver los desafíos que se le planteaban. Primero a partir del instinto y más tarde, gradualmente, desde la potencia de su función pensante.

A los fines del Programa Azul, nos interesan dos legados: el de la cultura oriental centrada en la China y la India de los últimos cuatro mil años (especialmente el taoísmo chino), y el de la cultura occidental de los últimos quinientos años (especialmente el moderno aerobismo, la orgonomía reichiana y algunos aportes en fisiología y nutrición). 

 

Acerca de las fuentes del conocimiento humano, este programa trata de aportar en el intento de resolver la contradicción planteada entre intuición y razón, que nos parece la causa principal de la enfermedad más importante: la escisión esquizoide del hombre con la naturaleza, con sus semejantes y consigo mismo (cuerpo y alma como ámbitos separados del ser). 

La consecuencia de esta división está a la vista: hemos sido entrenados en desconfiar de nuestra propia naturaleza y de la vida en general (que nos parece una amenaza), hemos empezado a destruir el planeta que habitamos y hemos perdido la senda, el camino que nos guiaba dentro del bosque para llegar a un claro, función que Heidegger atribuía a la filosofía. La vida se ha transformado en una experiencia inconsistente y sin sentido: un espectáculo bastante tonto atravesado por la angustia y ambientado en una gravísima situación sanitaria: la plaga emocional, caracterizada por el miedo a la vida y la pérdida de los valores primarios: el amor, el trabajo y el conocimiento. 

Esta pérdida ha intentado paliarse sin éxito, reforzando hasta la histeria la falsa importancia de los valores secundarios: el poder, la fama, el dinero, la apariencia, etc.

El  resultado de estos “olvidos” acerca de qué o quiénes somos ha sido funesto porque la “información” (concepto bastante vacuo) ha reemplazado al conocimiento, y éste a la sabiduría. Es evidente que este proceso enfermante posee larga historia, ya que las religiones intentaron resolverlo sin éxito: religión significa religar, reunir los dos lados del hombre. Quedaron como reservorio de tradiciones y leyendas valiosas, significativas, pero se transformaron en instituciones como maquinarias bien aceitadas para impedir el proceso de “religación”: o sea, devinieron en acabada antítesis de sus primitivos objetivos. En Los Hermanos Karamazov, Dostoievsky narra con maestría este drama: cuenta que Jesucristo reaparece durante la Edad Media, y que la Inquisición, sabiendo perfectamente quién es, vuelve a juzgarlo, a condenarlo y a asesinarlo.

Me apresuro a decir que, respecto a los orígenes de este conflicto,  que también ha logrado fagocitarse sin esfuerzo las buenas intenciones de las revoluciones sociales, caben dos miradas, dos posiciones. Una es suponer que semejante desviación en el camino del hombre le es natural, implícita, casi congénita. La otra es postular que esta crisis tiene raíces culturales, que así como tiene un camino de ida puede tenerlo de vuelta, que es posible y factible “volver al buen camino”. Pensamos esto último, tenemos esperanzas, pero aclaramos que este operativo de rectificación no implica desandar la historia, lo cual es un proyecto destinado al fracaso. 

Implica seguir y construir otra, antes que la basura y la superpoblación terminen con su obra devastadora. Pero sabiendo que esta basura puramente tóxica, desde los valores estándar hasta la comida chatarra, son acabados síntomas de la enfermedad humana. No son parte de una conjura que pueda atribuirse a los “malos de la película”: son la esplendorosa manifestación de nuestro lado enfermo, y si no pensamos este conflicto en términos de especie humana, seguramente estamos acabados.

 

Necesitamos decir que el Programa Azul no quiere ser un simple retoque cosmético a los problemas de la salud humana. Pero también que la necesidad de tener una práctica coherente y eficaz para ser y funcionar mejor, se ha transformado en una necesidad urgente. Sin necesidad de ponerse apocalípticos, parece bastante claro para cualquiera que intente mirar las cosas de frente, verificar que en pocos años las condiciones medioambientales han empeorado vertiginosamente, coherentemente con la ecología emocional humana. La consecuencia es que para estar más o menos bien, es necesario hacer un esfuerzo, un trabajo. La deriva natural de los hechos no funciona a favor de la salud humana: para mejorar es necesario tomar parte activa y decidir que es necesario producir ciertos cambios importantes. Es necesario moverse y respirar, es necesario alimentarse lo mejor posible. Y especialmente, es decisivo ponerse al alcance de la propia voz, ésa que nos hace uno (nos une) y nos permite vincularnos de verdad con todo y con todos. 

Es imperioso extender el criterio de nutrición a todas las fuentes de la nutrición humana, y no sólo a la alimentaria. Los vínculos humanos son nutrición, los espectáculos y los medios de comunicación son nutrición, las circunstancias de la vida laboral son nutrición, las lecturas y los silencios, los calores y fríos climáticos son nutrición. 

Entonces es bueno preguntarse qué ocurre con nuestras fuentes nutritivas, qué calidad tienen, cuán positivas o negativas pueden ser para nuestra salud. Después veremos que las cosas y los fenómenos no son tan fácilmente catalogables, que la vida no es un western poblado de personajes indiscutiblemente “buenos” o “malos”. Esta simple manera de ver las cosas es falsa, tampoco nos sirve.

Pero sí puede sernos sumamente útil manejar la fuente de nuestro malestar como buena energía para tomar decisiones acerca del futuro, para producir un cambio que cuesta trabajo pero puede ayudarnos a vivir mejor. Pasar de la quietud al movimiento no es fácil para quien cultiva la vida sedentaria (¿se imaginan el tipo de arbusto que deviene de esa siembra?), alimentarse mejor tampoco es fácil, especialmente si trabajamos con un concepto más profundo de la nutrición y de la salud.

Este programa ayuda a mejorar la fuente de la nutrición, pero también intenta sanear la funcionalidad de quien la recibe. Porque: ¿para qué mejorar la ingesta si el sistema receptor se encuentra tan enfermo que no puede aprovecharla?. Parece elemental (y lo es), que ambos asuntos deben ir juntos.

                                                                  Agosto 14 de 1999

Parece que hoy ha nevado durante quince minutos a eso de las ocho de la mañana, según dicen los que estaban despiertos un sábado a esa hora escalofriante. Volvió el frío, bastante intenso si se tiene en cuenta que casi se ha perdido la costumbre del invierno y casi todos han extraviado la defensa natural consistente en fabricar calor desde el interior. Esa costumbre desapareció entre estufas demasiado eficientes y vidas sedentarias encerradas en los estrechos límites de un departamento.

El otro día estaba con el tema de la nutrición, tratando de extenderlo en direcciones más vastas y profundas, pero esto no significa olvidar su significado más obvio: la nutrición moderna es una fábrica de  sumar enfermedades, los estilos de alimentarse han devenido en intentos de deicidio colectivo. ¿Cómo evitar la tentación de abrazar una causa extrema como la macrobiótica o el naturismo estrictos cuando se contempla el desastre gastronómico actual? Es comprensible, pero la gran mayoría podría verse sumamente beneficiada haciendo algunos cambios no demasiado radicales, a no ser que la condición de salud sea muy precaria. Cuando esto último ocurre, no hay más remedio que ponerse estricto e indicar una dieta directamente proporcional en su severidad a la importancia de la afección. Sin embargo, la mayoría de las personas no se encuentra tan gravemente enferma, y por lo tanto no necesita ser tan extremadamente rigurosa.

Y bastan, por lo general, algunas indicaciones generales para que cada uno confeccione su menú estándar y su particular ritmo alimentario. No es necesario hacer una carrera alimentaria para aprender qué puede ser lo mejor. A lo largo de los años de consultorio, he visto con cuánta frecuencia se transforma una necesidad de cambio real como el aprender a comer sanamente, en otra fuente de conflicto que sólo se resuelve acudiendo al auxilio de mecanismos obsesivos. Para muchas personas, ésta es la única manera de producir cambios positivos pero entonces el gran esfuerzo obsesivo que implica lograrlos les hace perder la gracia: su vida se transforma en una militancia para cambiar el bife por la lechuga y la naturalidad del beneficio se pierde. Lo mismo ocurre con muchos de los que dejan de fumar, que se transforman en militantes “anti-pucho” y se tornan insoportables para los demás y peligrosos para sí mismos. Entonces el viejo dicho de que “el remedio es peor que la enfermedad”, adquiere toda su validez.

Es el tema de producir un movimiento exagerado para lograr un fin noble. Pueden extenderlo a la lista de propuestas que intentan paliar las necesidades de nutrición, movimiento y paz interior. Cada una de ellas propone algo positivo, saludable. Pero manejado desde la necesidad de una institución, termina llegando a la gente como una especie de mensaje absoluto y de corte fundamentalista: la verdad consiste en acogerse a las enseñanzas del gurú de turno y dejarse contener por su explicación, que dará fundamento a la vida, resolviendo todos sus problemas desde una dieta, repitiendo un mantra o aumentando la fuerza de los bíceps. 

De manera, señores, que la verdad es fácil de encontrar y practicar: la vida se simplifica notoriamente y adquiere pleno sentido, reforzado por lecturas y reuniones grupales que amplifican la mística y proporcionan contención calentita y eficiente. Engordar, por ejemplo, ha producido dietas, libros, revistas, medicamentos, institutos que adelgazan sin misericordia el todo y las partes, y hasta instituciones que manejan grupos al estilo de Alcohólicos Anónimos. ¡Es fenomenal la potencia obsesiva que se pone en juego para “estar en línea” o bajar unos miserables cuatro kilos!

Hay una variedad de “sectas neurogastronómicas” que difunden mensajes aterradores, a pesar de que parte de sus contenidos puedan ser interesantes y hasta verdaderos. ¿Sabían que a partir de un grano de arroz integral puede edificarse un sistema filosófico/religioso completo, con sacerdotes, teología, cielo e infierno? ¡Es increíble pero cierto!

En la enseñanza de la meditación ocurre lo mismo: extrañas personas que necesitarían tratamiento psiquiátrico pretenden la verdad a través del mantra, cuando nada más mirarlas con atención ahuyentaría a la clientela menos exigente.

Los sistemas de adiestramiento físico no han corrido mejor suerte: la exageración obsesiva ha creado grupos profesionales de trotadores, ciclistas y aspirantes a “patovica”, no de gente que también trota, anda en bicicleta o hace pesas. Gente con las tablas en la mano y una idea fija en la cabeza: cumplirlas a rajatabla, ya que este cumplimiento alivia otras tensiones y otorga la misma paz que obtienen los pecadores cuando son absueltos en la confesión.

Es como para preguntarse acerca de los beneficios reales que estas personas obtienen al seguir indicaciones tan rigurosas en un aspecto de las actividades necesarias para estar lo más vivo posible. ¿No es mejor, en todo caso, distribuir la obsesión ejercitándose en variadas direcciones, todas ellas imprescindibles? ¿Y cuánto tiempo puede sostenerse una disciplina tan rigurosa, en el caso de los que “abrazan la causa”?

Dejo para el final el tema de las gimnásticas orientales, porque éste es un caso que ejemplifica perfectamente la situación del tipo “mentir con la verdad”. La gimnástica china, por ejemplo, tiene un notable desarrollo desde hace muchos siglos, y se divide en dos actividades principales: la gimnasia interna (como el Tai Chi) y la gimnasia externa (como el Kung-Fu). También funciona como sistema, el mismo en el cual se basa la acupuntura tradicional. Especialmente su variedad “interna” consiste, básicamente, en un adiestramiento que tiende a distribuir correctamente la energía lo cual es, precisamente, el objetivo de la acupuntura. Hacen falta largos años para ser un practicante avanzado de Tai Chi, pese a su aparente sencillez

Pero también existen formas gimnásticas mucho más sencillas y tan eficientes como el Tai Chi. Éstas no se enseñan habitualmente, tal vez porque no exigen tanta práctica y sofisticación y hasta pueden prescindir de un maestro, una vez que se ha aprendido bien su realización. Sin embargo, pareciera que la gran mayoría precisa una estructura que contenga y obligue, de manera que suele concurrirse durante años a una institución, que así se transforma en una necesidad. También existe, en estos practicantes, un intento voraz por alimentarse de orientalismo recalentado, al igual que muchos devotos de la macrobiótica, del yoga y de la meditación.

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