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Programa Azul

1. ¿Otro programa?

Resulta que es un día hermoso como éste. Y uno necesita decirlo, respirarlo en voz alta. Encima el parque está lleno de brotes, la primavera se viene, ya está en el aire.

Hace algunos años también había un árbol y una cantidad de brotes que pugnaban por tener su propia primavera. El árbol es la medicina energética y uno de sus brotes posibles era el desarrollo de un programa de trabajo destinado a mantener un grado aceptable de salud o recuperarla, en caso de que se hubiese extraviado en el camino.

Han pasado más de diez años desde la idea básica de este programa. En este tiempo casi todas las propuestas que lo constituyen han sido experimentadas personalmente e indicadas dentro del contexto de los tratamientos. De variada manera he indicado a mis pacientes la realización de dietas o ejercicios físicos para mejorar la “ecología interna”, con la convicción de que tales cambios aumentarían las posibilidades de lograr éxito en el tratamiento.

Sigo pensando lo mismo, pero ahora también creo que manejarse con un programa que mejore la condición energética de las personas es la mejor manera de evitar daños futuros importantes y especialmente de lograr mejorar la calidad de vida.

A lo largo de estos años hemos asistido al surgimiento de muchas propuestas con el mismo fin. Muchas han tenido merecido éxito por sus innegables aportes a la salud  humana, y gozan de un espacio social en creciente desarrollo. Es que plantean cuestiones que deberían ser obvias para la mayoría de las personas, y que pueden sintetizarse en dos: la necesidad de una nutrición sana y la relevancia de practicar programas de actividad física. Es notable que tales necesidades, elementales si es que se trata de mantener altos niveles de salud, hayan sido mayoritariamente ignoradas por la medicina oficial y las estructuras sanitarias institucionales, cuya habitual participación consiste en un enfoque extremadamente negativo: luchan contra la enfermedad pero no a favor de la salud. Ésa es la razón por la cual, las propuestas que han intentado algo en este terreno, lo han hecho mayoritariamente por fuera de los sistemas de salud. (Un síntoma de esta enfermedad es la conocida ignorancia de la gran mayoría de los médicos en materia de actividad física y nutrición.)

Sin embargo, a partir de los años setenta comenzaron a tener auge el desarrollo de programas de actividad física (como el Aerobismo, el Yoga o el Tai Chi Chuan) y sistemas nutricionales diferentes a la dieta estándar (como la macrobiótica o el naturismo). También hubo cierto auge de algunas técnicas de meditación, incluidas o no dentro de sistemas de trabajo físico como el Yoga. Fue un fenómeno paralelo a la difusión de formas diferentes de curar: las llamadas “medicinas alternativas” como la acupuntura, la homeopatía y otras.  El mismo fenómeno puede observarse en el campo de las psicoterapias, donde también apareció una alternativa al psicoanálisis y al conductismo: las distintas escuelas provenientes del monumental trabajo de Wilhelm Reich (la vegetoterapia, la bioenergética y la biosíntesis, entre otras).

En fin: mucha oferta diferente y grandes aires de cambio en el futuro de los sistemas terapéuticos, pero especialmente un gran énfasis en trabajos de prevención y aumento de la vitalidad. Para muchos fue y es una causa abrazada con pasión militante; para otros una simple moda pasajera. Pero para la mayoría de quienes se interesaron al extremo de “probar” alguno de estos caminos, fue asombrosa la comprobación de que todas las propuestas tenían algo de cierto aunque resultaba imposible practicarlas a todas juntas. Tal vez sea por el maldito ideal de perfección pero es interesante verificar cómo, cada escuela o movimiento propone un tipo de trabajo físico o nutrición que exige una especie de “dedicación exclusiva a la causa”, de manera que parece incompatible con el desarrollo de alguna otra actividad. 

Ejemplos sobran: si alguien “abraza” la causa aeróbica tratará de ser un buen discípulo y hará lo posible por cumplir con las tablas de puntos, lo cual seguramente lo transformará en un cansado crónico aunque con buenos rendimientos cardiovasculares y respiratorios. Si por el contrario se prefieren el Yoga o el Tai Chi (ese hermoso conjunto de movimientos que semeja un ballet surrealista), seguramente se adquirirá flexibilidad, armonía y cierto equilibrio energético, pero eso no garantizará adecuada resistencia cardiovascular y respiratoria si no se realiza algún exigente esfuerzo físico de esos que logran producir una saludable transpiración (caminata, trote, natación, ciclismo). Si se elige sólo el trabajo respiratorio sin otra actividad de mayor despliegue físico, seguramente se pasará con éxito una prueba de suficiencia respiratoria, pero sólo eso. Si se prefiere alguna de estas actividades excluyendo las ejercitaciones con aparatos, pesas o mancuernas, se mejorarán aspectos esenciales del estado físico pero no habrá desarrollo de la fuerza muscular.

Y aquí es bueno recordar que el trípode de la buena condición física implica niveles adecuados de resistencia, flexibilidad y fuerza. 

Las cosas se complican más cuando aparece el tema de la nutrición, ya que las escuelas que la proponen como método para alcanzar “la perfección humana” son impracticables a no ser que se realice un gigantesco cambio metafísico para lograr el increíble objetivo de cambiar el churrasco por la lechuga. Parece que tal procedimiento logra verdaderos superhombres, capaces de evitar todas las enfermedades posibles siempre que los regímenes se cumplan “al pie de la letra”. El resultado es que la mayoría se siente atrapada entre dos extremos difíciles de aceptar: Mac Donald´s o la carrera de faquir. Además ustedes comprenderán que se hace fácil sospechar de sistemas terapéuticos que impulsan motivaciones cercanas a lograr formas de vida asépticas y medio zonzas: no parece que sea muy atractivo cultivarlas, pero no exageran ni medio cuando hacen sus críticas a la salvaje manera de comer que se practica en nuestra cultura insistiendo en la riesgosa  toxicidad que ello implica. Esto sí es absolutamente cierto y merece una corrección en las dietas habituales, pero no parece imprescindible exagerar tanto.

También la meditación aporta lo suyo como actividad necesaria, difundida como una suerte de “terapia anti-estrés”. Comparte con las otras actividades mencionadas indicaciones estrictas para lograr éxito: la mayoría de las escuelas sostienen que, por lo menos, hacen falta dos sesiones diarias de veinte minutos cada una si se pretende ser un serio aspirante a lograr desenchufarse del loco vértigo mental que carcome la vida en la “civilización” moderna.


El resultado de sumar todas estas actividades implica la necesidad de disponer de un día de cuarenta y ocho horas y, de paso, la “conversión” al pensamiento fundamentalista de cada una de ellas. No sólo es impracticable: también puede ser, paradójicamente, bastante malo para la salud. Las exageraciones mentirosas del pensamiento oriental suelen conducir al desarrollo de personalidades con la mirada extraviada y escaso contacto con la tierra, sus necesidades y placeres. Frecuentemente logran “exilados” de la realidad que cultivan una especie de misticismo narcisista, muchas veces aconsejando la abstinencia sexual como “vía de elevación”.

Pero las exageraciones sectarias de las prácticas originadas en Occidente, no logran resultados menos peligrosos para la causa humana: como buenos mecanicistas sus practicantes se extenúan para lograr hacer funcionar mejor “la máquina” (el cuerpo) o mejorar con criterio cosmético la pura apariencia, en un tonto esfuerzo por parecer superlativos. Acostumbrados a competir en todo, tratan de ser los mejores del gimnasio o deslumbrar a los espectadores: otro caso de narcisismo, pero más primitivo que el primero.

 

Sin embargo, más allá de las mencionadas posturas, como suele suceder, hay algo de verdad en todas ellas. Y eso es lo que vamos a tratar de encontrar en cada una para articularlas en un programa que las contemple, de manera de lograr profundidad en los objetivos,  equilibrio en su desarrollo y posibilidad real en su ejecución.

Ahora tenemos que preguntarnos cuáles son las necesidades básicas que tratan de resolver, desde dónde están formuladas y cuáles son los límites de su aplicación.

Sigue a 2. Necesidades y carencias
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