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Un viaje por el país, el mundo y la medicina

2. La medicina rural

Como soy un médico rural desterrado en la ciudad, necesito contar algunos aspectos de esta práctica que resultaron muy gravitantes para orientarme por el camino de la medicina energética. Lo más importante de la medicina rural es la mirada con la que contempla los problemas de salud y el conocimiento de la vida y circunstancias de la persona que consulta. El médico rural no es sólo quien atiende las consultas de sus pacientes: también es un sanitarista por necesidad, alguien que mira las circunstancias de la vida de las personas.  Debe tener una visión muy general acerca de estas circunstancias que en medicina son tan trascendentes, como saber que el agua de la casa de los Funes es mala o los Gutiérrez viven acosados por los insectos.

Esta visión se encuentra muy cerca de la medicina energética, como sucede en el caso de la acupuntura, pero uno desconoce estas cosas hasta que se afronta con ellas partiendo de un contexto tan diferente como el de Buenos Aires, lugar donde la Naturaleza no existe y casi todo es pura sociedad, vértigo medio loquito y hormigón armado.

De una manera muy concreta el médico rural comparte la vida de sus pacientes y eso le da un conocimiento verdaderamente profundo acerca de los problemas que estas personas pueden tener. No se si logré expresar la idea con claridad: esa percepción va más allá del conocimiento de episodios concretos tipo anecdotario de pueblo, tiene que ver con el hecho objetivo de que se está en condiciones de saber el entorno de la vida cotidiana de los habitantes simplemente porque uno está viviendo la misma experiencia. Ésa es la razón por la cual la medicina rural es, al mismo tiempo, asistencial y sanitaria.

En este apartado también tuve una maestra que me enseñó muchísimo: Dora, una enfermera del hospital que también era agente del plan rural. Dorita (como cariñosamente la llamaban las gentes del pueblo) reunía las mejores condiciones que debe tener alguien que se desempeña en un equipo terapéutico: era capaz, entregada a su tarea, eficiente, quería la felicidad de su gente y tenía un trato muy amoroso con todos. Es que Dora era de Tamberías y había sido seleccionada para recibir en San Juan los conocimientos necesarios como para desempeñarse eficientemente en el contexto del plan rural. Sus obligaciones incluían tres o cuatro visitas anuales a cada vivienda para verificar tanto la salud de sus moradores como las condiciones medioambientales, además de las campañas de vacunación. Si observaba algún problema en los habitantes de la casa que visitaba debía derivarlos al médico local haciendo constar por qué razón lo hacía, cuestión que figuraba en el formulario que los pacientes llevaban a la consulta. Al mismo tiempo era muy comprensiva e indulgente con la ignorancia de un recién llegado -para colmo de Buenos Aires- y me explicaba los detalles de su trabajo con calma, como para que yo fuera entendiendo adónde estaba y qué me correspondía hacer.

En dos meses pude entender lo suficiente de sus enseñanzas y su práctica como para llegar a la persistente conclusión de que no hay verdadera medicina si ésta carece de un enfoque sanitario. Dicho de otra manera: la salud y la enfermedad son asuntos de la comunidad, no son cuestiones individuales ni tampoco exclusivamente grupales. Los problemas se desarrollan concretamente en las personas -y esto parece obvio- pero si uno pretende entenderlos y resolverlos en profundidad es imprescindible un abordaje del entorno donde el problema aparece. Y esto de entender la circunstancia del problema era algo que la señorita Dora sabía hacer a la perfección. Sin que yo le preguntara nada ella me informaba, con lenguaje claro y sencillo, acerca de las condiciones de higiene en las que vivían Tomás y su familia, así como su situación económico-social y las áreas conflictivas de la relación entre los habitantes de la casa: si los chicos iban o no a la escuela, si necesitaban hacer o no alguna changa para ayudar a sus padres, si alguno era alcohólico en el grupo, si la pareja matrimonial parecía llevarse bien o mal, etc.

Juro que la escuchaba azorado y bastante admirado porque esta persona tan valiosa para su comunidad no decía nada en tono de chisme: sus comentarios estaban claramente amparados por el secreto profesional y me consta que no los hacía fuera de ese contexto. Su clara intención era darme sólidos elementos informativos para que mis decisiones fueran correctas y adecuadas a las circunstancias de la vida real de los pobladores, a ver si ahora podía entender por qué motivos Tomás tenía una úlcera de duodeno y Andrés, el segundo de sus hijos, vivía con amigdalitis crónica.

Espero haber sido un buen alumno de mi enfermera y me alegra decir que sus esfuerzos eran reconocidos: Dora era, con toda justicia, la persona más querida del pueblo y una de las más respetadas.

 

Nunca pensé tanto y con semejante desesperación como en Tamberías, donde las posibilidades de derivación estaban a ciento cincuenta kilómetros y había que resolver todo lo que viniera: chicos, viejos, adultos, partos, cirugía menor, intoxicaciones, traumatismos, seguimiento de enfermedades crónicas, cuadros agudos de todo tipo y color. Y también iba una o dos veces por semana a atender en la ambulancia a los centros de salud de los pueblitos cercanos, junto con un odontólogo y una obstetra : “el tordo iba con el dentista y la partera”.  Gracias al dentista, el pueblito gozaba de cuatro horas semanales extra de electricidad ya que, habitualmente, “nos daban luz” desde las cuatro de la tarde hasta las diez de la noche. ¿Pero cómo podía funcionar el torno sin electricidad? Entonces, cada visita del odontólogo implicaba ese regalo extra, a razón de las dos horas de los dos dias semanales en los que venía para atender en el micro-hospital. Aunque esto parezca muy poco “avanzado”, no pude observar epidemias de suicidio o psicosis por no tener electricidad durante las veinticuatro horas del día o no vivir a quince minutos de cuarenta cines y veinte teatros…

Recuerdo que en una de mis visitas a la redacción de mi revista -Siete Días- el jefe de redacción de la edición internacional (que era excelente como periodista y músico), estaba sinceramente sorprendido por mi decisión y decía que no podía concebirse alejado de la cultura ciudadana, de sus librerías, cines, teatros y salas de concierto. Después de vivir sólo tres meses en ese desconocido pueblito del oeste sanjuanino, el comentario de Sergio me sorprendió genuinamente: me pareció un poco extraño lo que decía y me costaba entenderlo.

Pero mi experiencia profesional más impactante y decisiva en Tamberías, tuvo que ver con la acupuntura.

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