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Investigaciones

5. Desintoxicando

Reflexiones sobre la Escoba Metereta, después de siete otoños: se comunican algunos resultados y se profundiza sobre aspectos de la macro y la micro intoxicación.

¿Qué pasa con la intoxicación?

Un poco por la necesidad personal de mejorar la salud y otro tanto por la divulgación de propuestas médicas basadas en profundas modificaciones dietéticas, a pocas personas les parece extravagante recibir la indicación de realizar una limpieza al comienzo o durante el transcurso de un tratamiento fundamentado en la medicina energética.

Es cierto que algunos ponen reparos relacionados con las posibilidades personales de llevarlo a la práctica, pero casi nadie objeta al programa en sí mismo. A lo largo de estos siete años he visto variadas reacciones, pero excepcionalmente una negativa tajante. De manera que parece existir la generalizada conciencia de que vivimos con un alto nivel de intoxicación. En un plano muy básico, esta conciencia parece ligada a cuestiones nutricionales y esto es lo mismo que referirse a la alimentación, al menos para la mayoría de las personas.

Pero también, y con creciente intensidad, se ha sumado al problema de la intoxicación personal otro de características masivas y más difícil de manejar: el pavoroso aumento de la contaminación medioambiental. Y ya son pocos los que creen que las denuncias de los ecologistas son arbitrarias o producto de actitudes paranoicas.

A esta altura es interesante preguntarse qué relación guardan entre sí algunos términos empleados en esta nota. ¿Qué relación existe entre nutrición e intoxicación? ¿Es la nutrición un problema únicamente vinculado a la alimentación? ¿Puede funcionar sanamente un organismo altamente intoxicado? ¿Es capaz de limpiar de toxinas un programa fundamentalmente basado en una serie de estrictas indicaciones dietéticas?

¿Tiene sentido una limpieza personal cuando la intoxicación es a escala planetaria y, por lo tanto, vivimos en un ambiente altamente saturado de tóxicos a nivel de aire, tierra y aire? ¿Qué seguridad tenemos de consumir alimentos libres de toxinas, incluso los aconsejados para liberarnos de ellas? ¿Qué sentido tiene “limpiarnos” durante diez días si después vamos a  “ensuciarnos” con entusiasmo el resto del año? ¿Qué significa exactamente el término limpieza? ¿Se conecta, acaso, con el de pureza?

Las preguntas podrían extenderse al infinito, aumentando la confusión y logrando un funesto efecto-parálisis, justamente el efecto producido por las toxinas. ¿Por qué diablos complicar tanto una simple dieta de desintoxicación?

Bueno: un poco por vocación y otro poco por convicción. Si la medicina no conecta estas cuestiones ignorando los aspectos epidemiológicos del problema, su función es muy limitada y hasta superficial. Es indispensable un encuadre sanitario de estas apasionantes cuestiones (¡en ellas nos va la vida!), para entender qué características y repercusiones tienen a nivel individual, pero también para mirarlo desde la prevención, que es la mejor y más profunda de las propuestas médicas.   Entonces, consideremos sucesivamente los aspectos general y particular de la intoxicación.

 

  ¿Estamos envenenando al planeta?

En los últimos veinte años se ha estado desarrollando un concepto muy interesante, consistente en suponer que el planeta Tierra en su conjunto funciona como un organismo vivo. Gaia es el nombre con el que ha sido bautizado este ser. En la superficie de Gaia viven una importante cantidad de minúsculos seres (cerca de cinco mil millones) dedicados a maltratarse unos a otros, a contaminar el medio ambiente con la excusa del crecimiento económico, a sacrificar otras especies vivientes y a practicar masivamente la infelicidad.

Con una soberbia sólo superada por su codicia, esta especie se ha auto-denominado homo sapiens, lo cual ha resultado una inesperada ironía. ¿Está claro quiénes somos, no? Como se trata de una especie con alto sentido de la estructuración jerárquica, sería injusto suponer que todos sus integrantes tienen la misma cuota de responsabilidad en esta feroz campaña para exterminar la vida, operativo que algunos llaman “civilización”.

Pero los resultados están a la vista: basta que se conozca el importante significado de algo relacionado con la continuidad de la vida, para que este algo sea arrasado, destruido. Por ejemplo: la especie humana aprendió que su supervivencia depende del reino vegetal, tal cual puede verificarse en la cadena alimentaria que figura hasta en el más elemental texto de la escuela primaria. Bien, ¿y qué creen ustedes que hace la especie humana? ¡Prefiere eliminar los vegetales de su dieta, quemar o talar los bosques y favorecer el desarrollo de los desiertos! ¡Y esto conociendo bien que los vegetales son indispensables para la alimentación y el consumo normal de oxígeno!

En su modalidad sapiens, los humanos también descubrieron que el fenómeno de la vida sólo es posible cuando las temperaturas del planeta oscilan dentro de determinado rango, y  la tierra, el aire y el agua se encuentra suficientemente libre de impurezas como para permitir que la vida se desarrolle libremente, cosa que ha hecho de manera natural en Gaia desde que ésta existe. Pero en su ejecutiva modalidad brutus asesinus, ¡el hombre se dedica a destruir la atmósfera, calentar el planeta (Gaia sufre de fiebre cada día más elevada) y envenenar aguas y tierras!

Tampoco sirve de mucho que los que no aceptan este destino suicida lo planteen al resto de la humanidad, porque quienes hasta ahora tienen la posibilidad de tomar decisiones amanecen maquinando la manera de ganar más dinero o la forma de ayudar para que el ser humano profundice su servil sometimiento a quienes manejan este circo. La consecuencia de estos gravísimos hechos es que la pomposa civilización humana ha devenido en máquina de clonar idiotas.

Es interesante y terrible saber lo que sucedió en la cumbre de Kyoto” sobre el cambio climático, realizada durante diciembre de 1997 en Japón, con la asistencia de representantes de casi todos los países del planeta. Había un tema excluyente en este encuentro: lograr acuerdos para lograr una reducción en la emisión de gases que aumentan el llamado “efecto invernadero” y por lo tanto elevan la temperatura, agrandan el agujero de ozono y contaminan el aire. Estos gases son el dióxido de carbono, el metano, el óxido nitroso, los hidrofluorocarbonos, los perfluorocarbonos y los hexafluoruros. Antes del encuentro algunos especialistas del tema habían sido muy claros.

Por ejemplo Bert Bolin -presidente honorífico del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático- había expresado que: “Una reducción de emisiones de aproximadamente un 5% tiene un efecto minúsculo sobre el cambio climático. La influencia de cualquier reducción que se mantenga por debajo del 20% resulta insignificante”. ¿Y qué hicieron con estos datos los llamados “países industrializados”? ¡Acordaron una reducción del 5,2% en promedio, encabezados por Estados Unidos y Japón! Es muy claro: con la argucia de que tomar medidas más severas puede provocar recesión económica, recomendaron la muerte de la vida. Esto parece más racional que preservarla, para los psicóticos que detentan el poder en Gaia.  

El editorial de la revista española Más Allá de la Ciencia expresa su indignación a través del siguiente comentario: “Los últimos acuerdos de la Cumbre de Kioto sobre el cambio climático son una burla y una auténtica decisión criminal contra la humanidad, perpetrada por una clase gobernante cobarde, incapaz e inmoral que prefiere morir antes que aceptar ser menos rica. El grado de deterioro del planeta sólo es parangonable con el deterioro del sentido común de nuestros dirigentes, para quienes las reiteradas advertencias realizadas por los expertos sobre la gravedad del problema no parecen contar. Bueno, pues es hora de advertirlo sin medias tintas: o se adoptan medidas YA, o vamos a ser pronto los más ricos del cementerio.”

¿Parece una exageración? Seguramente a los dinosaurios debe haberles parecido lo mismo, si es que alguno de ellos dudaba y criticaba el camino elegido por los poderosos de esos tiempos. Pero ahora son puro fósil que aparece de vez en cuando en las entrañas de la tierra aunque parecen haber dado origen a las aves, de manera que no pasaron de largo por la historia de Gaia. ¿Qué podría quedar de nosotros, si corriéramos la misma suerte que ellos? ¿Una botella de Coca-Cola? ¿Una máquina de calcular intereses? ¿La historia enlatada de un amor imposible? ¿Qué significa el extendido interés por los dinosaurios? ¿No será la generalizada intuición de que estamos transitando un camino parecido y con final similar?  

Hasta ahora es inútil que varios de los mejores ejemplares de nuestra especie hayan advertido la gravedad de la situación y la hayan denunciado. Konrad Lorenz, el brillante etólogo, escribió sobre el tema en su libro “Decadencia de lo Humano”, una obra que vale la pena leer. El físico David Bohm y el oceanógrafo Jacques Costeau también advirtieron con dureza a la especie humana acerca de la catástrofe que nos espera si seguimos por el mismo camino.

El prólogo del citado libro de Lorenz -editado en 1983- dice así:

“Las perspectivas del futuro para la Humanidad son hoy realmente sombrías. Es muy posible que las armas nucleares le induzcan a cometer un suicidio fulminante, más no indoloro, ni mucho menos. Pero aunque no suceda semejante cosa, la amenazarán el envenenamiento y la consiguiente aniquilación del medio en que vive y del que se nutre. Y aún cuando contenga a tiempo su actuación ciega e increíblemente desatinada, la acechará, amenazante, la paulatina desintegración de todos los valores y cualidades que le prestaran su carácter humano. Muchos pensadores lo han visto así, y muchos libros dejan entrever la noción de que marchan al unísono el aniquilamiento del medio ambiente y la “decadencia” de la cultura. Ahora bien; sólo unos pocos consideran la desintegración de lo humano como una enfermedad; sólo unos pocos buscan -según hiciera Aldous Huxley- las causas de tal dolencia y los posibles remedios. Con esta obra pretendemos cooperar a esa búsqueda”.

No importa: después de escuchar estos mensajes por la noche, el día siguiente nos encontrará listos para elucubrar otras maneras de ganar poder y dinero a costa de la vida. Es que se trata de poner en peligro a toda la vida que existe sobre la Tierra, y no sólo a la de los humanos. Por eso, los sensibles pensadores antes citados, coinciden en afirmar que aunque el hombre supere la amenaza nuclear, la variada contaminación y los problemas que plantea la superpoblación, no podrá escapar de la autodestrucción si no se cambia el rumbo, ya que lo que está en crisis es la propia especie, atrapada en un estilo de vida decadente y carente de verdaderos valores.

Y esto hace pensar que, ante tamaña atrocidad, la misma Gaia se defiende ayudando a que la especie humana desaparezca cuanto antes del planeta,  con el fin de evitar que la vida misma interrumpa su devenir y desarrollo. Podrá no interesarnos demasiado a nosotros, pero no tenemos derecho a generalizar esta decisión en nombre de las otras especies vivas que comparten el mismo hábitat terrestre.

  Demasiada intoxicación

Es bueno sentir miedo cuando existe un peligro real. Es racional experimentarlo si se amenaza nuestra propia existencia. Sólo el miedo irracional adorna los síntomas de la enfermedad o es su propio fundamento. Entonces es necesario enfrentar el problema con la misma o equivalente profundidad que tiene. Y la conclusión más factible es suponer que el modelo todavía vigente de desarrollo humano está profundamente equivocado.

Hay “algo” demasiado errado en nosotros para haber evolucionado en esta dirección. No podríamos echarle la culpa exclusiva a los dirigentes, quienes uno a uno se disculparían echando mano a una variedad de aplicación de la Ley de Obediencia Debida.

Y por otra parte: ¿quién elige a los dirigentes?  ¿O quién los tolera, en el caso de no haberlos podido elegir? Tampoco es una cuestión tan simple como la de ser consultado cada tres o cuatro años en forma de depositar una papeleta dentro de un sobre que se introduce en una urna (¿urna funeraria?). ¡El problema es muchísimo más profundo!

Y si así no es claro, basta con extender el concepto de intoxicación a otras áreas de la vida, y no sólo a su aspecto alimentario. Procedamos en esa dirección, a ver qué cosas encontramos.

Se preguntarán cómo es posible producir este tipo de divagación cuando aquí se trata de un programa de desintoxicación médica. La razón es que parece superficial o incompleto proponer una pequeña e individual limpieza, cuando la suciedad está inundando el medio ambiente donde habita el posible desintoxicado. Al menos es necesario tener buena información o un marco de referencia más amplio a través de una mirada global, de una visión funcional de sanitarista. Si los seres humanos individuales necesitamos regularmente una buena desintoxicación (y acerca de esto no tengo dudas), la humanidad también la necesita. Y con urgencia, porque sólo una especie intoxicada puede intoxicar como intoxica.

Otra razón es que conociendo lo extenso y profundo de esta situación tóxica que vivimos, es más factible lograr una buena respuesta, porque no sólo lo que comemos o bebemos puede intoxicarnos. De hecho, éstos son sólo aspectos de la macro-intoxicación. ¿Cuáles son los otros?

Uno de ellos es el estilo de vida de las grandes ciudades, caracterizado por el vértigo sin verdadero movimiento. Es una existencia sin naturaleza, en un aire cada vez más viciado y donde resulta casi heroico realizar actividades de despliegue físico. Los sentidos adoptan una variedad funcional de bajo rendimiento: el olfato, el tacto y el gusto disminuyen su agudeza y capacidad de discriminación, pero la audición y la visión entran en franca crisis.

La percepción auditiva se encuentra en una situación aterradora por la agresión constante y el reemplazo de sonidos por ruidos, capaces de alterar al más equilibrado de los sistemas nerviosos.

La visión pierde su horizonte, y con él, la capacidad de perspectiva en el espacio y el tiempo. Y esto no es, simplemente, una metáfora: la divulgada epidemia de problemáticas oculares está asociada a esta vida de pocos horizontes concretos, aunque también a la alimentación y a la construcción del carácter durante los primeros años de la vida.

Las interferencias electromagnéticas y las emisiones de distintas ondas también juegan un importante papel en la toxicidad medio-ambiental, pero son un capítulo aparte y su conocimiento está divulgado. No obstante, sólo se han comunicado las dificultades de tipo físico que pueden acarrear. Veamos, si no, el caso del televisor a color. Muchos saben que la emisión de rayos puede ser perjudicial, ¿pero existe algún cuestionamiento serio ante la capacidad tóxica del mensaje televisivo promedio? Cualquier persona que dedica tres horas de su día a mirar televisión y no es muy selectivo o exigente acerca de lo que mira, sencillamente se está intoxicando en niveles muy profundos de su ser.

El televisor no es ninguna “caja boba”, el bobo termina siendo el telespectador al asumir cualquier mensaje y paralizarse durante el lapso de tiempo que dedica a contemplar las cosas que hacen otros mientras él está quieto y sentado. Hay un paso que suele recorrerse con facilidad entre la necesidad de entretenimiento y la de pasatiempo, y en este último estadio mediático la cosa ya es grave en términos de nutrición.

¿Por qué no ampliar la concepción de nutrición, que parece exclusivamente ligada a los nutrientes en forma de alimentos? ¿Por qué no plantear que la sociedad humana se encuentra actualmente en una situación de desnutrición informática? Esto sucede por las mismas razones que se ponen en juego para definir a casi todos los obesos como desnutridos, en la medida que consumen un exceso de mala alimentación que no puede cumplir con la función básica del alimento: nutrir.

Con el exceso de información ocurre exactamente lo mismo: un exceso de mala información o pésimo “entretenimiento”, sólo intoxica (igual que las calorías vacías) y termina beneficiando a los productores, pero no a los consumidores. Lo mismo puede decirse de los otros medios, como los diarios, las revistas y la radio. Tener mucha información no significa saber lo que sucede, y mucho menos entenderlo. Y lo que no sirve sólo se acumula como tóxico.  

También los vínculos personales pueden devenir en toxinas para el espíritu humano. Hay gente francamente tóxica, cuya forma de ser y vincularse resulta enfermante para quienes deben soportarlos. La simple decencia, la honestidad y la franqueza parecen valores pasados de moda, y esto es una señal inequívoca de enfermedad social y decadencia humana. Pero ocurre algo parecido con las fuentes generales de la nutrición humana.

El caso de la literatura y la música no son pequeñeces para entender qué cosa tan grave nos está pasando: ¿conocen muchas experiencias más gratificantes y enriquecedoras que leer un buen libro? ¿Sabían que las plantas crecen con Mozart y se deprimen con rock pesado? ¿Y que el mismo compositor “logra el milagro” de que las vacas produzcan más leche?

Que las plantas y las vacas señalen el camino no debería ser vergonzoso para los humanos, una especie que no se sonroja cuando define a un moribundo como “vegetal” o califica de “animal” a una conducta visiblemente salvaje…

  Repasando la Escoba

Tal vez se ha entendido mal: la Escoba Metereta no es una fábrica de faquires.

Es, simplemente, un programa de desintoxicación.

Y está diseñado como un operativo de limpieza personal en el marco de un tratamiento médico. No hay más, pero tampoco menos. Si produce habitualmente un efecto tan profundo, es porque muestra claramente la unidad del ser, que desconoce “las partes”. No se trata de una “dieta para el cuerpo”, ni tampoco de “ejercicios para el alma”. Pero ejerce poderosos efectos en ambos aspectos del ser humano que los lleve a la práctica. Y, de paso, demuestra su unidad. Es más: la resistencia a considerarnos como una unidad es una inequívoca manifestación de enfermedad, de la peor enfermedad: la escisión casi esquizofrénica de nuestra civilización.

La primitiva suposición de que podía ser relevante como comienzo del tratamiento, resultó correcta. Predispone para entender mejor los inevitables movimientos de la energía que suscita el arsenal terapéutico de la medicina energética. Y también para aceptarlos como algo normal. Es como un principio de camino hacia la unidad que funciona de manera natural, sin razonamientos filosóficos ni adhesión a misticismo religioso alguno. La inherente “mística” de la vida no los necesita en absoluto para crecer y desarrollarse, tal cual puede contemplarse con cierto azoramiento en los reinos vegetal y animal. Es cuestión de hacer la experiencia para verificarlo; aquí no hay ninguna magia, salvo la magia de la vida…

¿Si puede hacerse la Escoba fuera del contexto de este tratamiento?

¡Claro que sí! ¿Si la Escoba viene con una leyenda que dice “Consulte a su médico antes de consumirla”?  No: no viene con ningún rótulo. ¿Si hay casos especiales que requieren alguna aclaración o recomendación especial? Sí, pero siempre hay casos “especiales”, y esto no es ni raro ni nuevo.

En todo caso hay recomendaciones generales que pueden evitar situaciones y temores innecesarios. Y especialmente una: cuando se está durante la Escoba no hay que esforzarse por superar el cansancio “para cumplir con el deber”, tipo soldadito. Justamente, este programa está concebido como una contribución a la libertad personal, de manera que no tendría mucho sentido hacerlo tratando de “pasar por encima del cuerpo”. A lo largo de estos años he notado que la mayoría de quienes lo comienzan sienten este cimbronazo como un límite que produce extrañeza y disgusto.

Al tratar de hacer un esfuerzo extra que exceda el mínimo aconsejable durante los primeros días, sienten que no pueden, como si “el cuerpo” dijera que no y los parara. Casi todos siguen y después “entienden” en qué consiste este programa. Y lo entienden de acuerdo a la mejor de las secuencias posibles: primero con las vísceras, después con el corazón y por último con la razón.

Antes de seguir me apresuro a contestar algunas preguntas planteadas con anterioridad. El desarrollo del contexto en el cual se lleva a la práctica el programa no implica su negación, aunque sí el valor relativo que representa. Es muy molesto verificar la existencia de falsos profetas que prometen desde la salud perfecta hasta el cielo en la tierra a cambio de arroz integral o lechuga. Hay que tomar conciencia de que no se puede ser totalmente sano en un mundo de enfermos, o lo que es lo mismo: no se puede estar íntegramente desintoxicado o libre de coraza en un mundo poluido y al borde de la internación psiquiátrica.

La mejor salud posible no deja de ser un concepto relativo a la historia personal y a las circunstancias concretas en las que nos toca vivir. Pero esto no implica dejarse morir con la coartada de que, entonces, todo esfuerzo es vano y absurdo. Sabiendo todo esto, hacer La Escoba es un gesto de esperanza porque implica no entregarse resignadamente al peor futuro posible. Es una manera de luchar que aparenta un gesto solitario e individual, aunque sólo en apariencia: detrás de cada decisión humana personal se juega un poco del futuro de todos, porque la masificada irresponsabilidad humana es un gran éxito del proceso de clonación de idiotas.

En los terrenos “puramente” biológicos y psicológicos es de mucho valor terapéutico proceder a limpiarse un poco con la desintoxicación aquí propuesta. De esto no cabe la menor duda: el programa logra mejorar substancialmente la situación energético-funcional de quienes lo realizan estrictamente. Mejoran claramente la digestión, la potencia física, la piel, la circulación sanguínea y linfática, el sueño y el estado de ánimo.

No es ninguna magia, sino la consecuencia natural de esta variedad de limpieza. Y éste es todo un tema: aquí no se trata de alcanzar el ideal de limpio que equivale a puro: esta trampa variedad teológica no tiene nada que ver con La Escoba. Si alguien está y se siente sucio, seguramente no logrará redimirse con arroz integral y lechuga, ni tampoco siguiendo a ningún líder que le prometa la felicidad a cambio de su adhesión a cualquier secta neuro-gastronómica. De estos sí que puede decirse lo que cuenta Dante acerca de los que recalan en el infierno: “El que entre aquí, que abandone toda esperanza”…  

A lo largo de estos siete años, muchos pacientes comenzaron este programa y casi todos lo terminaron. La gran mayoría expresó abiertamente su dificultad durante los primeros días (a veces hasta soportando síntomas muy molestos) pero también un gran bienestar y una profunda alegría como consecuencia de su realización. Muchos lo repitieron al tiempo y por su cuenta, sabiendo por experiencia propia que los resultados son muy concretos y escapan “a la convicción ideológica” o cualquier otro disparate por el estilo.

No se trata meramente de un método para aligerarse de una carga bastante pesada que funciona como lastre: es una experiencia, un experimento con uno mismo. El encuentro de un lugar donde los valores naturales emergen naturalmente cuando se cambian drásticamente las circunstancias del entorno nutricional. En la situación llamada otoño las hojas se desprenden de los árboles, hacen una bella pirueta acrobática y finalmente se depositan en la tierra. Nadie las empujó ni las arrancó, simplemente se fueron.

Es lo que ocurre con los tóxicos cuando el organismo se pone en situación otoño, es lo que hacen espontáneamente los animales cuando se sienten enfermos. Ellos llevan más tiempo que nosotros en el oficio de vivir, no hay nada degradante en imitarlos.

Claro: la Escoba pone en una situación algo “salvaje”; es otro ritmo, otras sensaciones, nos vamos a lugares muy primitivos pero no desconocidos: así comenzó nuestra existencia, con las primeras succiones y mamadas. Volvemos al origen, ese lugar donde todo es posible. Empezamos otra vez, como todos los días al despertar.

Veremos sucesivamente sus efectos en las dos áreas del ser que nos definen: lo biológico y lo emocional.

     La remoción biológica

Remover es cambiar de lugar, mover una cosa de un lugar a otro.

Desintoxicarse crea las condiciones para este movimiento. El movimiento es lo característico de la energía, que es el fundamento de los sistemas vivos. El programa ayuda para que todo fluya más fácil desde adentro hacia afuera, lo cual aumenta la velocidad del movimiento interno. Concretamente los líquidos fluyen más y mejor, a través de las funciones relacionadas con el “exterior” (riñón, piel, intestino) pero también con el “interior” (sangre, linfa), arrastrando las toxinas depositadas en el organismo.

No importa su antigüedad: la densa geología de sus depósitos comienza a moverse en dirección hacia el afuera de la persona y es esta operación la que constituye el objetivo de la Escoba. Es la remoción biológica, la de los tejidos cuya trama forma la materia del organismo. Las toxinas cambian de lugar, se mueven desde adentro hacia afuera y el organismo entero se renueva removiéndose. Veamos un poco mejor este fenómeno para saber adónde ocurre y qué significa.

La medicina clásica sufre de cierto enamoramiento pernicioso acerca de los órganos y especialmente de la célula básica que caracteriza a cada uno de ellos (el hepatocito para el hígado, la neurona para el sistema nervioso, etc.); tanto que su fundamento teórico es conocido como la teoría celular de Virchow. Este énfasis en lo celular/órgano tuvo sus ventajas para desarrollar el diagnóstico y tratamiento de infinidad de padeceres, pero tiene poderosos límites a la hora de entender al organismo humano como un verdadero sistema vivo y no como mera suma de órganos, aún en un plano "exclusivamente biológico".

Parte de esa limitación se nota a la hora de comprender la decisiva función que tiene el tejido conectivo, verdadera matriz donde residen las células específicas de cada órgano y artífice del vínculo entre ellos y el resto del organismo. Deslumbrados por el espectáculo de la célula específica, muchos científicos subestimaron la importancia del conectivo, catalogándolo de "material de relleno" sin advertir que es el mar en el cual nadan los tejidos que realizan la famosa función específica y del cual dependen para su nutrición, aporte de variadas sustancias y eliminación de toxinas. La célula protagónica del conectivo se llama fibroblasto y realiza tantas funciones que enumerarlas cambiaría el rumbo de este escrito.

          Quien entendió a la perfección su importancia fue el patólogo Alfred Pischinger, quien por los años 30 desarrolló su brillante hipótesis del Sistema Básico. Esto significa que las células específicas (hepatocitos, neuronas,etc.) sólo pueden desarrollar su función cuando la matriz extracelular en la que están incluidos funciona correctamente, ya que es la encargada del soporte anatómico y fisiológico: conecta a dichas células entre sí para conformar el órgano y a éstos entre sí para definir al organismo.

 

          ¿Cómo está compuesto el Sistema Básico de Pischinger?

Por tres elementos :

        Célula del Conectivo (Fibroblasto)  
        Capilar (Arterio-venoso)  
        Nervio (Neurovegetativo)

¿Y adónde están instalados estos elementos?

          En la matriz extracelular ocupada por la Sustancia Fundamental, una complicada y extensa red de glucoproteínas estructurales difundida por todo el organismo y que mantiene condiciones operativas constantes en la relación entre sólidos, líquidos y partículas cargadas eléctricamente. Sin esta "constancia", la vida sería un fenómeno imposible. ¿ Se advierte, acaso, la importancia de este hecho ? No hay lugar del organismo donde falte este sistema: asegura la nutrición, la comunicación y la "limpieza" de los órganos.

Es casi elemental atribuirle importancia decisiva en la normalidad o anormalidad del sistema, pero se ha pasado por alto su importancia, al igual que la del sistema linfático, recién ahora valorado a raíz de su valor crucial en el desempeño del sistema inmunológico. La Homotoxicología -un desarrollo moderno de la homeopatía- postula que infinidad de toxinas se depositan en este sistema básico, que no tiene una capacidad infinita de auto-desintoxicación. Cuando esta capacidad es desbordada por la concentración tóxica y decrece hasta niveles críticos, las toxinas se diseminan por el torrente sanguíneo al tiempo que comienzan a dañar el órgano que alimentan, conectan y protegen.

De manera que es imposible normalizar la función de algún órgano particular si antes no se limpia de toxinas a este Sistema Básico y a la Sustancia Fundamental, que juntas reciben el nombre de MESÉNQUIMA. Así pueden explicarse algunos fenómenos básicos del envejecimiento, caracterizados por un deterioro más o menos acelerado de las funciones biológicamente críticas: la imposibilidad de mantener "limpio" al organismo produce congestión, "empastamiento funcional" y por último lesión a nivel de los órganos. Recién en ese momento los órganos producen síntomas, pero la historia de su deterioro es larga y su origen puede atribuirse a una falla funcional del mesénquima.

La variedad de toxinas es grande; bajo esta denominación entran alimentos y bebidas inadecuadas, gases en la atmósfera, residuos de microorganismos varios, productos del metabolismo eliminados con dificultad, etc.

 

Al igual que en cuanto al estado salud/enfermedad, hay un constante desplazamiento de la relación intoxicado/desintoxicado, pero debido a las condiciones reales de existencia, es poco menos que imposible estar libre de toxinas. Por definición éstas consisten en venenos: substancias orgánicas o inorgánicas circulando por el organismo y luego depositadas en la intimidad de los tejidos, lo cual traba o neutraliza su funcionamiento normal.

Es cierto que nuestro organismo dispone de mecanismos para neutralizarlas y eliminarlas pero hasta cierto punto.  Este punto depende de la sobrecarga tóxica y de la condición general del organismo en cuestión. Más allá de esta frontera, los sistemas de defensa, filtro y eliminación comienzan a funcionar como diseminadores de la intoxicación. En esta situación se encuentran especialmente los sistemas linfático, respiratorio, digestivo, renal y epidérmico (piel).

  Este programa tiene el objetivo de producir una mejoría importante y relativamente rápida del "ambiente biológico" en el cual transcurre nuestra existencia. 

Se basa en darle una chance a los sistemas fisiológicos involucrados en los procesos depurativos para que neutralicen y expulsen del organismo la mayor cantidad de toxinas depositadas en los tejidos. Esta oportunidad se consigue por un medio bastante sencillo que muchos animales conocen sin necesidad de estudios universitarios ni largos cuestionamientos al estilo de vida: ayuno y descanso.

La clave consiste en proporcionar un descanso profundo a los órganos, un aquietamiento de la actividad fisiológica habitual pero, al mismo tiempo, una fuerte estimulación sobre los sistemas eliminatorios. Lo cual se logra controlando los insumos y reduciendo el despliegue físico habitual. Esto puede sonar contradictorio con la denuncia anterior acerca de la vida sedentaria, pero más bien se refiere al vértigo y descontrol habituales que solemos ejercer en la vida cotidiana. Es cierto que aquí no se propone un ayuno absoluto (en esta opción sólo se ingieren bebidas para reponer líquidos y minerales) pero el ayuno relativo indicado es suficiente para lograr los objetivos propuestos.

La idea básica es alterar significativamente las reglas de juego para crear un espacio/tiempo muy alejado del habitual: en esta nueva aunque transitoria realidad la tranquilización de la fisiología transcurre al unísono con la de la conciencia.

Es necesario detener el vértigo para comenzar de nuevo.

Este método simple pero eficaz colabora para que el intestino grueso, las vías urinarias, la piel y los pulmones trabajen con mayor eficiencia que la normal y logren su objetivo desintoxicante de los órganos y fluidificante de los líquidos. Más allá de las palabras verán que esto realmente sucede: lo notarán en el olor, consistencia y color de las secreciones y excretas. Pero también este descanso verdaderamente profundo se nota en la conciencia ya que, a medida que van pasando los días, se experimenta una cierta paz , un adentramiento en el ser: una posibilidad de re-encuentro con lo que en realidad somos. Puede parecer una exageración pero es lo que ocurre: este programa funciona como "revisión y ajuste de cuentas" con uno mismo.

 

Es bueno preguntarse las razones por las cuales el programa funciona tan bien. ¿Qué es lo que ocurre en el organismo? Como era de esperar, a la industria médica no le interesa dedicar su poderosa parafernalia tecnológica a fin de conocer los detalles íntimos de este proceso. Apenas sabemos que durante el ayuno -y ésta es una situación parecida- se desencadenan algunos eventos que tienden a acelerar la circulación arterial, venosa y linfática al tiempo que comienzan a licuarse depósitos de grasas.

Es notorio que los sistemas de eliminación no tienen una conducta homogénea: se activan rápidamente la piel y el riñón, pero el intestino primero se deprime (tal vez paralizado por la sorpresa) y luego comienza a funcionar mejor y más rápido. También se conocen algunos cambios relacionados con la concentración de electrólitos (sodio, potasio, cloro, reserva alcalina) pero casi nada acerca de lo que sucede con los neurotransmisores, otro tema clave.

Y mucho menos se ha evaluado el camino de las toxinas, desde su enclave en los tejidos hasta su eliminación pasando por el sistema básico de Pishinger. Necesitamos saber más y mejor a nivel bioquímico sobre esta limpieza; es preciso darle una identidad biológica definida a las toxinas en cuanto a ubicación, estructura y perjuicio que producen, ya que de otra manera quedan como “espinas metafísicas”, como algo hipotético y medio místico cuando en realidad se trata de algo sumamente concreto, específico y objetivamente dañino. 

  La remoción emocional

Como ocurre siempre que se trabaja en el marco de la medicina energética, también se producen movimientos emocionales. Nuestra condición cultural disociada hace que siempre parezca sorprendente: ¿no es que uno venía armado por partes? ¿qué tienen que ver las emociones con el alimento? ¿cómo es posible que un simple cambio nutricional coincida con la emergencia de tamañas emociones?

Realmente seguimos siendo bastante burdos para juzgar y entender estos fenómenos. Creemos que somos idénticos a un auto: abastecerse de alimento es como ir a una estación de servicio, abrir la tapa del tanque de nafta (la boca), oprimir un botón y dejar que el tanque (estómago) se llene de combustible (alimento). Su efecto es el de hacer mover las ruedas (brazos y piernas) sin que su cualidad tenga consecuencias en el resto de nuestro ser. Parece muy claro: ¿qué tiene que ver la nafta con los amortiguadores y la dirección?

¡Es una mirada demasiado elemental, típica del brutus asesinus!

Estas suposiciones quedan simplemente despedazadas luego del primer día del programa. Existe una rara sensación donde se combinan extrañeza, bajón y bronca. Está bien: la población está advertida de algunos fenómenos que pueden provocar la salida abrupta de tóxicos durante los primeros días, como el dolor de cabeza y el cansancio, pero ¿explica la diferencia de “combustible” la cantidad de emociones que suelen experimentarse, incluida la firme decisión de abandonar esta tortura disfrazada de programa médico?

No, aquí hay mucho más.  

Es importante reconocer la veracidad y la importancia de las sensaciones que se experimentan. Con la percepción embrutecida por siglos de domesticación y la desvalorización de lo subjetivo, es natural esperar lo que por lo general sucede: la desconfianza acerca de las sensaciones y emociones percibidas. A lo sumo se lo reconoce, pero se le da poca importancia. “Es de acá”, suele decirse, al tiempo que el índice toca el parietal derecho. Lo cual puede traducirse como: “en realidad no existe, pura alucinación”.

Sin embargo son fenómenos reales, tanto como la secreción de jugo gástrico o la contracción de un músculo. Veamos qué aspectos emocionales suele tocar la Escoba y cuál podría ser su significado.

La experiencia de alimentarse es la primera necesidad satisfecha de un embrión en crecimiento. Ya desde las primeras células en proceso de multiplicación la nutrición es requisito para que el proceso de la vida siga su curso. De ahí en más, alimentarse será decisivo para la supervivencia y el personaje central de esta necesidad -satisfecha o no-, será la madre. Como buen mamífero el hombre mamó de la madre, fue amamantado.

Cualquier acontecimiento importante ligado a la nutrición en cualquier momento de la vida será, entonces, una directa referencia a la madre. Existe sobre el tema un folklore verídico: “Muy rico, pero ni comparación con el que cocina mi vieja”. ¡Claro que sí! Más allá de los méritos gastronómicos, la comida preparada por la madre cumplía la misma función y reproducía la misma atmósfera que el amamantamiento.

De manera que no es tan sorprendente la evocación de emociones experimentadas durante esa etapa de la vida, así como tampoco enterarse de que la especie humana es la única que nunca termina de destetar, tal cual se demuestra por su increíble adicción a los lácteos. ¿O ustedes conocen otro mamífero que siga consumiéndolos más allá de la lactancia y durante toda su vida?

Otra emoción importante que se agita durante la Escoba es la cuestión de la supervivencia. Si bien uno sabe que la experiencia tiene una duración limitada y puede ser interrumpida en cualquier momento, puede experimentarse el miedo a enfermar o morir. Por supuesto que tal posibilidad no existe. Pero sólo racionalmente no existe. En cambio, los temores no le piden permiso a la razón y ahí están: tercos, obstinados, inquietantes.

Entre otras certidumbres que comienzan a abrirse camino a medida que pasan los días de la desintoxicación, una tiene perfil propio: no parece concebible un cansancio tal cual suele experimentarse en los primeros días (esto no es igual para todos) en relación al abrupto cambio de alimentación. Es visible la desproporción entre ambos asuntos, pero ése es el momento en el cual se advierte que la alimentación estándar funciona como estimulando el rendimiento normal en el más puro estilo “pichicata”.

Es asombroso pero cierto: habitualmente se funciona casi dopado por una serie de estimulantes de consumo habitual y apariencia inocente, como ocurre en el caso de las gaseosas más conocidas, que por algo provocan adicción. Al final de la Escoba todo esto cambia radicalmente, porque suele experimentarse una alegría inusual y también mucha energía entusiasmada puesta en juego. O sea: el propio organismo comienza a generar mucha energía sin necesidad de estimulantes comibles o bebibles.

En esta sensación que aparece cerca de la terminación del programa, también debe contabilizarse la “sensación de triunfo” tipo: ¡lo logré, pude hacerlo! Y esto no es pequeña cosa cuando uno transcurre su vida entre exigencias desmedidas para sobrevivir y placeres fáciles que funcionan como compensación para enfrentar esa “lucha”. Es un triunfo nada pequeño lograr hacer esta desintoxicación soportando la burla o la tentación constante que suelen propinar las personas cercanas, tal vez envidiosas de un esfuerzo semejante.

Por todo ello, terminarla bien produce una legítima satisfacción y abre una serie de apasionantes conjeturas acerca del futuro: ¿si pude hacer esto, que es tan difícil en las actuales circunstancias de vida, qué otras cosas no seré capaz de realizar?

Ésta es una interesante pregunta que cada uno contesta en su propia vida y a lo largo del tiempo.

Queda un tema nada pequeño: el de los deseos y su satisfacción.

Es sabido que los placeres de la comida muchas veces suplen a otros placeres no satisfechos, especialmente los ligados a la vida sexual. No se discute aquí el legítimo placer que implica comer algo que resulta agradable, rico, apetitoso. ¡Es uno de los indiscutibles valores de la vida! Tanto que, instintivamente, siento que algo profundo no anda bien en las personas incapaces de gozar con la comida y la bebida.

El problema es cuando la diversidad de placeres que ofrece la existencia queda confinada casi exclusivamente a este capítulo. Y también aquí la Escoba comienza a opinar silenciosamente, a abrir un espacio nuevo y desconocido, a veces con percepciones sorprendentes.

Como la de Graciela, que cuando transcurría algo más de la mitad del programa que estábamos compartiendo, me dijo: “Ayer descubrí que el deseo que va apareciendo ya no puede saciarse con comida. Es mucho más profundo, y tal vez no pueda satisfacerse”.

Me quedé con esa frase y la mastiqué bastante, ayudado por lo poco que había para masticar durante esos días. Y me gustó pensar que para nosotros los humanos -y tal vez para el resto de los seres vivientes- no existe la posibilidad de lograr una satisfacción absoluta, porque resultaría contradictoria con la esencia de lo vivo: ¿cómo soñar e imaginar los siguientes pasos, si no? ¿Cómo seguir viajando y explorando? 

Y si existiera la posibilidad de colmar ese deseo, seguramente no se lo lograría pensando,  desarrollando infalibles sistemas de pensamiento. Ese deseo sólo puede resolverse así: viviendo, simplemente viviendo.


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