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Artículos 2

 

Mariana, la quirúrgica


Cuando Mariana se sentó delante mío y empezó a contarme su historia, sentí que lo hacía con la inocultable esperanza de escapar a su destino quirúrgico, pero con el temor de estar signada para siempre a vivir entre cirujanos y quirófanos. A los venticinco años los últimos dos habían sido una serie de treguas entre diversas operaciones, y ahora disfrutaba de un recreo que inevitablemente acabaría cuando el próximo llamado volviera a instalarla entre anestesistas y luces deslumbrantes.

Tenía en su haber el extraño record de cinco operaciones en el lapso de dos años: primero fue un quiste ovárico y apendicitis (en el mismo momento y para no desperdiciar la ocasión), luego otra por la herida quirúrgica que evolucionó mal y por último...¡tres operaciones por fístula anal!

Ahora la realidad indicaba que tenía otro quiste en el ovario derecho, aunque se sospechaba también un absceso tubo-ovárico o una endometriosis. O sea: nadie sabía muy bien qué le ocurría en la pelvis, pero seguramente tramaban averiguarlo en el quirófano. Un increíble caso de contagio quirúrgico: una operación llamaba a la otra de manera tortuosa, inevitable.

Mariana había tenido alergia en la piel durante la infancia, artritis reumatoidea juvenil a los 14 años (se llama enfermedad de Still), gastritis medicamentosa subsiguiente (la consecuencia de las recetas de los reumatólogos suele desembocar en un gastroenterólogo) y discreta anemia (tal vez por los medicamentos, también). Vivía cansada, signada por los dolores y la pesadez durante tres de las cuatro semanas de su ciclo menstrual y con “tendencia a querer salir, a explotar”. El panorama no era muy alentador porque la mayor parte de su tiempo consistía en vivir soportando una pesada carga en la pelvis y su necesidad de “salir o explotar” solamente se liberaba (ilusoriamente) en un quirófano, abriendo el cuerpo para que “todo saliera”. Podría decirse que Mariana había desarrollado una variedad de orgasmo bastante exótica y poco satisfactoria.

Como la medición de los puntos es fundamental en medicina energética para investigar la energía y la funcionalidad de un paciente, es eso lo que hice. Y aquí van los resultados, aclarando que en la web hay mucha información sobre el fundamento, la práctica y los resultados de la medición de los puntos de acupuntura con aparatos electrónicos, que de eso se trata. Primero va la medición de los meridianos principales, 24 puntos:

 

 

Mariana

Grupo control

Promedio

95

99

Variación

20

15

Yin / Yang

1,28

1,04

Manos / Pies

1,27

1,02

 

En la tabla se comparan los resultados de Mariana con los del mismo grupo de sexo y edad. El Promedio significa la cantidad de energía, la Variación indica el equilibrio de la energía (cuanto más baja la cifra, mayor el equilibrio),  la relación entre Yin y Yang es una constante importante en acupuntura tradicional (el valor perfecto es 1, la unidad), la relación entre Manos / Pies implica el equilibrio entre la energía de “arriba” (Manos) y la de “abajo” (Pies) y también da 1 cuando ese equilibrio es ideal. Rápidamente podemos ver que Mariana tenía la energía más baja y más desequilibrada que el grupo control.

Ahora veamos como se distribuía la energía en los anillos reichianos, que son siete (ocular, oral, cervical, torácico, diafragmático, abdominal y pélvico), otro importante indicador clínico: 

 

El gráfico permite ver claramente la distribución de la energía en Mariana: alta en los anillos superiores (ocular, oral, cervical), media en tórax y diafragma (esta configuración es típica de bloqueo diafragmático) y baja en abdomen y pelvis (el territorio crítico).

Con otro sistema de medición de puntos, el de la electroacupuntura alemana, podían observarse valores desviados en los puntos del neurovegetativo, glándula hipófisis y en los del aparato genital. Este daba valores de tipo inflamatorio, aquellos cifras que indicaban fuerte estrés del sistema nervioso neurovegetativo (simpático / parasimpático) repercutiendo sobre los ovarios a través de la hipófisis.

El tratamiento comenzó con aplicaciones semanales de acupuntura para equilibrar la energía (a veces en las orejas, otras veces en las manos y los pies con electroestimulación), un acumulador de energía utilizado durante seis horas diarias ubicado debajo del ombligo (para aumentar la carga energética global y estimular la zona crítica), una adecuada combinación homeopática para tratar las disfunciones endocrino-genitales y la aplicación del dor-buster (extractor de energía) en el entrecejo durante las sesiones de acupuntura, de unos veinte a veinticinco minutos de duración. También se indicó una dieta de desintoxicación para mejorar la “ecología interna” y facilitar el efecto de la acupuntura y la homeopatía.

A las tres semanas, Mariana tuvo una menstruación con febrícula, dolor y percepción de latidos en la región ovárica derecha. A la semana siguiente comenzó a sentirse mejor y a experimentar la sensación de que “algo se abre y quiere comunicarse”. Durante las semanas siguientes pasaron muchas cosas: rechazó una propuesta de tratamiento hormonal (ginecóloga), tuvo un extraño resfrío que duró cinco días (manifestación habitual de movimiento energético), alternó sensaciones agradables y desagradables, el abdomen tuvo inusuales momentos de paz, apareció dolor de cabeza (que también se fue) y comenzó a experimentar una fuerte necesidad de demostrar su fertilidad. A los tres meses, el ciclo menstrual dejó de ser una tortura para transformarse en un acontecimiento normal. Mariana se sentía extraña y hasta temerosa con su bienestar, que le parecía tan lejano. En todo momento sintió que su cambio era muy profundo y excedía con creces a una simple mejoría en los síntomas.

Su experiencia con el dor-buster fue decisiva, tanto que tuvo la espontánea necesidad de contarla por escrito, y puede consultarse en “Experiencias con el Dor-buster” del capítulo Investigaciones de la web. Vale la pena leer el relato de Mariana, más allá de todas las explicaciones técnicas acerca de este instrumento de la orgonomía aplicado a un punto de acupuntura.

Es interesante ver las nuevas mediciones de Mariana obtenidas a los cuatro meses de iniciado el tratamiento, y compararlas con las primeras:

 

Mariana (1)

Grupo control

Mariana (2)

Promedio

95

99

111

Variación

20

15

14

Yin / Yang

1,28

1,04

1,12

Manos / Pies

1,27

1,02

1,18

Puede verse que el nivel de energía ha aumentado y se encuentra mejor distribuida en los tres parámetros. La medición de la electroacupuntura mostró una mejoría del neurovegetativo y la hipófisis, así como normalización del aparato genital.

Y en cuanto a los anillos reichianos, el siguiente gráfico es claro y revelador: 

La energía, estudiada con los aparatos de medición, muestra los mismos signos de recuperación que la evolución clínica.

Mariana dejó de ser “la quirúrgica” para intentar la aventura de vivir su potencia y su fertilidad, esa que parecía imposible y lejana.

                                                                            Dr. Carlos Inza

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¿Qué es la craneopuntura?

 

Cuando uno decide aventurarse por mares lejanos, tiene que tener el coraje de perder de vista la costa.

                                                           Cristóbal Colón

Tal vez el doctor Jiao Shunfa haya guardado en la retina los paisajes de dos costas (la acupuntura tradicional china y la neurofisiología moderna) mientras dirigía su vista en el mar intentando llegar a tierra firme, un lugar diferente que reuniera el paisaje interno con la necesidad de algo nuevo. Pues bien: Jiao Shunfa encontró ese sitio, un paraje apasionante y alentador llamado Craneopuntura pero también scalp o acupuntura cerebral.

La idea básica es utilizar líneas o puntos de acupuntura situados en el cráneo para estimular algunas áreas específicas del cerebro y, así,  tratar distintas enfermedades. Cuando comenzó esta aventura, allá por 1970, Shiunfa conjeturó que así como hay puntos de acupuntura ubicados en tórax, abdomen y espalda a la misma altura de los órganos y que suelen ser muy eficaces para tratarlos, también éstos podrían existir en relación de cercanía con el cerebro. Y si es así, no hay dudas que estos puntos debían estar ubicados sobre el cráneo. También pensó que en la antigüedad no se sabía gran cosa sobre el cerebro, pero hoy en día los avances en el conocimiento de la ubicación cerebral de las distintas funciones, permiten acceder a un desarrollo (al menos hipotético) de zonas ubicadas en la piel con posibilidad de estimular la corteza cerebral y producir buenas respuestas terapéuticas.

Y no se equivocó: después de los primeros intentos tímidos, tibios y fracasados (como corresponde), la idea comenzó a funcionar y sus escasos pacientes a caminar con solidez por el camino de la recuperación. Eso de caminar con solidez no es pura metáfora, ya que esos pacientes habían sufrido accidentes cerebrovasculares con las conocidas secuelas: parálisis, paresia, afasia, etc. y Shunfa delineó sus primeros ensayos trazando sobre el cráneo dos líneas que llamó área motora y área sensorial, ambas como proyección sobre el cráneo de los segmentos cerebrales que manejan dichas funciones. Le costó dos años encontrar una técnica eficiente para estimular las áreas correspondientes pero al final tuvo éxito insertando en ellas agujas de acupuntura y manipulándolas con una técnica especialmente desarrollada para el caso.

Con la excitación del navegante que descubre tierra desconocida y produce párrafos temblorosos en el cuaderno de bitácora, Shunfa cuenta sus dos primeros casos exitosos:

“Era un día de agosto de 1970 y estaba cenando en la casa de un granjero de Jishan. Entonces apareció su madre, una señora de 70 años que sufría dolores espasmódicos en los brazos y las piernas desde hacía varios años motivados por un proceso arterioesclerótico. Como mi anfitrión me pidió ayuda para aliviar sus molestias, tomé la decisión de insertarle agujas en el cráneo, a nivel de su área sensorial. Al día siguiente, la señora dejó de gemir y me contó que ya no tenía esos terribles dolores. Fue asombroso, pero no tanto como lo que ocurrió en diciembre del mismo año, también en Jishan. Conociendo ésta historia, me invitaron a visitar a una mujer que yacía hemipléjica desde hacía 40 días. Cuando la examiné comprobé que su lengua estaba ligeramente desviada a la derecha, su brazo derecho se encontraba totalmente paralizado y apenas podía levantar 10 centímetros su pierna derecha. Entonces coloqué tres agujas sobre el área motora izquierda y las manipulé hasta que la paciente comenzó a sentir un calor cada vez más intenso en los miembros paralizados. Entusiasmado por la obtención del reflejo, le pedí que levantara su brazo...¡y pudo hacerlo! Pero también que intentara pararse y caminar. ¡Y también pudo hacerlo sin ayuda! Era increíble lo que estaba sucediendo, el resultado fue inesperado y muy superior a mis expectativas. Suponía que algo podía pasar, pero nunca imaginé que la respuesta  pudiera ser tan concluyente. Esto me animó a seguir el mismo camino, superando los malos resultados de las primeras experiencias.”   

A treinta años de su desarrollo, la Craneopuntura aprobó con buenas notas el examen y ya se utiliza extensamente en China y en muchos otros países, al tiempo que su campo de aplicación ya suma gran variedad de patologías. Y si bien el resultado más espectacular sigue siendo la recuperación de las secuelas de trombosis, hemorragia o embolia cerebral, es la orientación más promisoria de la terapéutica acupuntural, como veremos al final de este artículo.

Quizás se pregunten cuáles son las líneas ubicadas en el cráneo y qué utilidad puede tener su utilización. Veremos, sucintamente, ambos temas.

Las áreas de estimulación

Algunas ilustraciones serán de utilidad para observar las líneas encontradas por Shunfa y su posible utilidad: 

Pueden verse algunas de las áreas más importantes: motora, sensorial, vascular, de los temblores, auditiva y del habla. Ahora veamos la vista posterior:

 

Aquí se ven las áreas “del pié” (tiene una variedad de aplicaciones), del habla, óptica y del equilibrio. Y por último, las áreas frontales:

 

Aquí se encuentran el área del tórax, del estómago, del hígado y la vesícula biliar, intestinal y genital.

Aplicaciones terapéuticas

Para resumir la información y dar una idea rápida pero rigurosa de las aplicaciones terapéuticas de la Craneopuntura, nos conviene observarlo en una tabla:

ÁREA

APLICACIONES

Motora

Parálisis y paresias contralaterales, afasia, disturbios de la fonación.

Sensorial

Dolor y adormecimiento contralateral, cefaleas, cervicalgia, zumbidos

Temblor y corea

Temblores (Parkinson) y movimientos involuntarios contralaterales.

Vascular

Hipertensión esencial y edema cortical.

Auditiva

Vértigo, zumbidos, disminución auditiva nerviosa y alucinación auditiva.

Del habla (1, 2 y 3)

Afasia

Motora y sensorial del pié

Dolor y parálisis contralateral de espalda y miembros inferiores, disuria, incontinencia, cistitis, prolapso uterino y de recto, impotencia, colon irritable, diarrea, hiperplasia cervical y lumbar, dermatitis, neurodermatitis,  insomnio.

Óptica

Pérdida visual cortical y cataratas.

Balance

Disturbios del equilibrio (cerebelo).

Estómago

Gastritis aguda y crónica, úlcera gastroduodenal.

Hígado y vesícula

Dispepsia biliar

Tórax

Asma, bronquitis, angina de pecho (coronarias), corazón reumático, taquicardia supraventricular, palpitaciones, respiración corta.

Intestino

Molestias abdominales inferiores de origen intestinal.

Genital

Hemorragia funcional uterina, cistitis, poliuria diabética, impotencia, emisión seminal, prolapso uterino.

La tabla tiene la ventaja de su poder sintético, pero la dificultad de no detallar cada una de las posibilidades terapéuticas. Si enumeráramos las patologías concretas que se deducen de la columna Aplicaciones, la lista sería bastante extensa.

Perspectivas de la Craneopuntura

La aventura que comenzó exitosamente una noche de agosto del 70 en Jishan, China, está apenas en sus comienzos. No sólo tiene un futuro brillante en las aplicaciones detalladas en la tabla anterior, ya sea sola o combinada con el resto del arsenal del que dispone la acupuntura: también está pendiente una continuación del viaje con el mismo coraje que lo originó. Pero ahora, perder de vista la costa e internarse en el mar, significa explorar otras posibles localizaciones craneales de las funciones cerebrales apenas insinuadas en la cartografía exhibida en este artículo.

Y especialmente una: la ubicación del límbico (el cerebro emocional) y sus fuertes relaciones con el resto de la corteza, especialmente con el lóbulo frontal. Ésta parece la clave de la mayor parte de la patología humana, que radica en una vida emocional perturbada, azotada por temblores y tormentas que hacen difícil o imposible la existencia. Entonces, vivir se transforma en una variedad de misión imposible. Y los neurotransmisores (dopamina, serotonina, noradrenalina, endorfinas, encefalinas), esas estructuras determinantes para orientar y equilibrar las actividades vitales incluida la conciencia, se desbarrancan y crean verdaderas tormentas neuroquímicas capaces de producir naufragios y transformar el viaje en una pesadilla desgraciadamente inolvidable.

Acceder al cerebro límbico y al lóbulo frontal desde sus posibles representaciones craneales para poder equilibrarlos, es un nuevo desafío para la Craneopuntura  y la medicina energética. Es lo mismo que tender un puente entre los cerebros izquierdo y derecho para evitar la locura de creer que alguno de ellos es el único verdadero. Y requiere ese coraje que reclama Colón a los verdaderos descubridores de nuevas (y mejores) tierras: es necesario perder de vista la costa conocida y aventurarse mar adentro.

                                                                            Dr. Carlos Inza

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Medicina de crisis

“Como Lucía cuando era chica, y cuando la despertaba me pedía que la dejara dormir un poco más para completar lo que estaba soñando”

Todos estamos en crisis en la Argentina de los dos mil dos.

Vos, yo, todos.

Es como si alguien o algo muy poderoso nos hubiera movido el piso, y todo diera vuelta en un loco vértigo de adentro y de afuera. Como pesadilla real, como resaca del alma y del cuerpo, como si te hubieran golpeado entre cuarenta y trataras de abrir los ojos amoratados y nublados.

Tiene algún parecido con un episodio que me tocó vivir en el hospital Rawson de San Juan, hace ya varios años. Estaba a los pies de la cama de un paciente completando su historia clínica. Era un hombre diabético de mediana edad y recibía medicación a través de un frasco de suero, ya que acababa de salir de un coma diabético. De pronto sentí que alguien me movía la silla, sacudiéndome un poco. Miré para atrás y no vi a nadie, pero rápidamente noté la mirada preocupada del paciente, al tiempo que hacía silencio a pesar de una pregunta mía. Pasados unos segundos, y suponiendo que la sensación de haber sido movido con silla y todo era producto de mi exaltada imaginación de aquellos tiempos, insistí con la pregunta. Inmediatamente se produjo otro sacudón de silla, y entonces todos los habitantes de la sala pasaron a la acción empezando por mi paciente, que tomó el frasco de suero con su mano derecha, se levantó y salió corriendo de la sala sin decir absolutamente nada. Yo estaba haciendo un curso acelerado de adaptación a San Juan, pero nadie me había enseñado esa lección, tal vez para no provocar la ira del diablo mencionándolo: era un temblor que podría haber llegado a terremoto. Rápidamente largué  lo que tenía en  las manos y salí corriendo como todos hacia el patio central del hospital, donde me encontré con una multitud de pacientes y colegas que para nada estaban tan sorprendidos como yo, un aprendiz de residente en zonas sísmicas.

En Argentina estamos todos corriendo hacia un patio que no queda en ningún lugar, pero con la conmoción adentro y afuera. Y eso es una crisis, la que ahora nos toca vivir entre sorprendidos y acostumbrados, porque después de todo sabemos que habitamos una tierra azotada por un terremoto crónico.

Y desde hace muchos años hacemos como Lucía, que quería seguir durmiendo para completar su sueño soñado. Pero el juego llegó demasiado lejos y ahora hay que afrontar la verdad, la propia y la de todos: nuestra realidad es tan aplastante que no deja tiempo para pedir prórrogas del sueño.

Somos en crisis

Dicen que, “finalmente”, la Argentina “se cayó”. Como quien sale de su órbita y se precipita violentamente sobre la tierra, o al estilo de los terrestres que descienden a los infiernos. O como niños que se hamacan ingenuamente y aterrizan desarmados sobre la arena de la plaza de juegos. Finalmente nos caímos, o vivimos caídos desde siempre y ahora lo sabemos. Pero atención: “el caso argentino” es nada más que una muestra de lo que está pasando en el mundo con la economía virtual que ha creado la globalización. Asistimos azorados a una fase de capitalismo salvaje que habíamos creído superada en la historia, de manera que los vencedores de la guerra tibia “contra” los soviéticos y sus socios han arrasado con todo lo que encontraron a su paso. Países, culturas, derechos humanos o conquistas sociales trabajosamente conseguidas les da lo mismo: la diversa y rica realidad ha sido remplazada por el tonto y sanguinario mercado, un dios oligofrénico de estilo frío-perverso.

Es cierto que la sociedad argentina posee su propia cuota de inutilidad y salvajismo. Ha logrado ser una vanguardia en desenmascarar la mentira globalizada por su intrínseca debilidad, consistente en descreer de si misma y apostar a la facilidad de los espejitos de colores que le propusieron años de gobiernos corruptos e inescrupulosos. Ahora, por primera vez, mucha gente se plantea algo que parece elemental: si los sectores dirigentes argentinos son como son es, simplemente, porque provienen de donde provienen (su propia sociedad).

Pero muchas veces esta misma sociedad ha resultado creativa para plantear o contestar a los desafíos de la realidad. Y en esas respuestas ha logrado aportar originales símbolos al resto de la humanidad. Las madres de Plaza de Mayo son un ejemplo. Y ahora los cacerolazos y “piquetazos”, que si bien no nacieron en Argentina, podrían adquirir trascendencia planetaria en un estilo de protesta masiva con importantes posibilidades participativas (asambleas populares).

Y también es creativa la utilización de algunos términos para describir la opresión que produce la crisis del sistema financiero. Definirlo como “corralito” es maravillosamente preciso, sólo que podría ampliarse a la existencia entera dentro de este sistema carcelario que habitamos: vivimos encerrados adentro de un corralito, pero recién ahora hemos tomado conciencia, cuando ha fracasado la mínima ilusión de libertad que permite el uso de los salarios o los ahorros de una vida de trabajo. Los condenados a reclusión perpetua sentían el aroma de la libertad cuando se les permitía dar un paseo por el patio del penal, pero ahora ni siquiera eso: los barrotes quedan a centímetros del cuerpo y la posibilidad de desplazamiento ha quedado reducida a caminar nerviosamente por los escasos metros cuadrados de la celda.

De manera que el corralito sirve para advertir la presencia del corralón, cuyas verdaderas dimensiones no lo exceden tanto como podría suponerse. Pero el corralón no es sólo la Argentina: es el planeta entero, cada vez más asfixiado por la estúpida política devastadora de quienes lo manejan, cuya insensatez es pareja con su asesina voracidad. Las tres cuartas partes de la sociedad humana se encuentran en peligro de extinción gracias a la economía y la política globalizadas, como señal inequívoca de lo que está ocurriendo con la vida entera en la Tierra, ese hermoso globo azul y blanco que navega en el espacio y puede admirarse cuando uno llega desde Marte o Venus, más o menos a la altura de la Luna.

¿Qué significa “crisis”?

Casi siempre la etimología resulta alumbradora acerca del significado profundo de las palabras, y ésta no es la excepción. Crisis significa “mutación grave que sobreviene en una enfermedad para mejoría o empeoramiento”, pero también “momento decisivo y situación inestable en un asunto de importancia”. Proviene del griego krisis (decisión), de krino (yo decido, separo, juzgo). Este término deviene del indoeuropeo skeri, que significa cortar o separar. Y curiosamente origina, también, las palabras escribir (grabar, esculpir, raspar) y carne (cortar).

El idioma chino aporta una versión no menos importante de la palabra, a través del significado de los ideogramas que la representan: uno significa riesgo, el otro oportunidad. Gracias a la etimología, uno tiene casi la certeza de que las palabras a veces sirven para algo, y éste es el caso. Primero me sorprendió que crisis tuviera que ver con las vicisitudes de la salud en un estilo tan directo (“mutación grave que sobreviene en una enfermedad para mejoría o empeoramiento”), pero también que su significado sea tan claro en relación con una decisión que implica “separar las aguas” o cortar con algo y empezar de vuelta. Así estamos viviendo en la Argentina del 2002 : es el riesgo, pero también la oportunidad.

Temario de la crisis

Una colección de breves anotaciones permite asomarse al espíritu y a la carne de esta propuesta intentando la simpleza y evitando la “tecnificación” del asunto. Eso sí: voy a respetarme la espontaneidad tipo ensalada de la lista, escrita con la mirada perdida entre un alcanforero y una araucaria en días de calor. A cambio del privilegio discursivo, al final va una síntesis aclaratoria de los aspectos importantes (podríamos decir “críticos”) que involucran a la crisis, antes de las consideraciones terapéuticas.  Allá vamos.    

bulletYo también estoy en crisis: nuestra crisis.
bulletCada uno lleva su crisis oculta, su manera particular de enfrentar la adversidad ante la cual se pone el cuerpo y el alma.
bulletEl estrés es reacción defensiva, pero puede manifestarse agresivamente.
bulletLa crisis produce miedo, miedo de no poder nutrirse, de morir / tiende a la cerrazón y al aislamiento (y esto es lo peor).
bulletProduce un shock; en el primer momento uno se va para adentro (normal), pero de continuar así se instala la depresión.
bulletLa mejor solución es lograr un nuevo equilibrio interno (de emergencia), que permita salir del encierro.
bulletEl shock que paraliza de miedo remite a las estructuras cerebrales del límbico relacionadas con la supervivencia individual (amígdala cerebral), en desmedro de la supervivencia de la especie (septum) en gran parte orientada al placer.
bulletEl “corralito” reproduce la situación de hacinamiento experimental en ratas: aumenta la violencia agresiva por el alimento y el espacio (reacción simpática de lucha-huída) y disminuye la capacidad de reproducción (inhibición del parasimpático: placer, hormonas sexuales).
bulletSalir del corralito es también una decisión personal y requiere un encuentro personal y colectivo.
bulletEs vital preservar los sistemas de lucha (IRA), para combatir el MIEDO paralizante o innecesariamente agresivo para:
bulletPoner en marcha las funciones superiores: creatividad, constructividad, planificación y previsión (lóbulos frontales) pero no como un acto puramente individual, sino también como hecho social.
bulletRomper el “corralito” es aliarse con los demás, destruir la barrera puramente individual: luego de recomponer los lazos intrapersonales es necesario fortalecer las relaciones grupales (familia, etc.) y sociales.
bulletLa línea de conflicto acentúa y profundiza los desequilibrios personales ya existentes, las disfunciones no son azarosas: guardan una relación estrecha con las características objetivas de la crisis / los “valores biológicos” amenazados son los que reaccionan ante la amenaza.
bulletEsto produce reacciones indiferenciadas (los valores en jaque son igual para todos) y diferenciadas (cada persona desarrolló una manera de enfrentar: elaboró sus defensas).
bulletSíntomas generales: insomnio (los problemas de supervivencia quitan el sueño), palpitaciones, precordialgia e hipertensión (conflictos de territorio), problemáticas de piel (vínculos, presentación en el mundo), respiración (bloqueo diafragmático por ansiedad) o digestión (esto no puedo digerirlo).
bulletAmar es necesario, indispensable, pero se siente riesgoso, hasta amenazante también.
bulletHay que saber esto: hay un momento simpático (tensión, lucha, angustia) y un momento parasimpático (recuperación o caída depresiva).
bulletUn cortado no es lo mismo que un café con leche chiquito.
bulletLa crisis desnuda profundas verdades sociales, pero también personales, y muchas veces las desnuda traumáticamente (problema).
bulletLa crisis iguala o empareja socialmente y es una excursión sin guía por el mundo de las mayorías pobres o empobrecidas desde hace mucho tiempo.
bulletSumerge abruptamente en el mundo de la supervivencia, de la satisfacción de necesidades primitivas (sentimiento solidario a patadas).
bulletPero puede producir una reacción inesperada: cacerolazos y estados de asamblea que cuestionan y jaquean al poder:¡ es necesario afianzarlos! (la enfermedad puede producir salud).
bulletAcorta la distancia social y permite comprender desde la experiencia (se juega la relación córtex-límbico).
bulletNunca olvidar que es riesgo pero oportunidad, oportunidad pero riesgo.
bulletEl problema del estrés sostenido en el tiempo: la defensa continua, los sistemas de activación que descansan poco, vivir en guardia:
bulletInsomnio: ¿qué ocurrirá sino vigilo?
bulletAngustia: que se siente en el pecho o en la boca del estómago, donde el diafragma corta la respiración o la empobrece y uno ve peligrar su identidad. Es allí donde se señala para decir “yo”.
bulletPalpitaciones: uno siente que tiene corazón, lo cual no es malo.
bulletTaquicardia: el corazón se acelera para responder a la necesidad de alerta, de estar “aprontado” para el combate.
bulletTranspiración, con sudor frío, manos y pies fríos: la energía está excesivamente ubicada “arriba”, en la cabeza.
bulletTensión muscular, especialmente en el cuello y la parte superior de la espalda: el animal se tensa para saltar –guarida del tigre- y también “uno carga demasiado sobre sus espaldas”.
bulletBoca seca y pupilas dilatadas: claro predominio del simpático (tensión por lucha, angustia).
bullet¿Qué relación hay con el llamado “ataque de pánico”. Es lo mismo, sólo depende de la gradación.
bulletDisfunciones sexuales en mujeres y varones: la vida amorosa y la sexualidad suelen ser la vanguardia de la crisis: mucha paciencia con las necesidades del otro (¿ternura y/o pasión?). El placer no es fácil cuando el entorno es tan angustioso y angustiante.
bulletLa crisis implica BARAJAR Y DAR DE NUEVO tanto a nivel social como individual: ESTA ES LA OPORTUNIDAD.
bullet¿Se puede crecer a partir de una crisis? ¿Puede utilizársela como trampolín para saltar a un nivel superior de desarrollo? ¿Cómo puede accederse a este nivel?
bulletLa medicina puede aportar (aunque no cualquier medicina), pero la relación individuo-comunidad es indiscutible. Y las crisis de salud de las personas, cuando son masivas como en este momento, están necesariamente relacionadas con la salud comunitaria.
bulletLa medicina energética puede ayudar a reorientar el proceso, ayudando a comprender y tratar las deficiencias o insatisfacciones de las necesidades básicas, los caminos neurofisiológicos utilizados y su expresión en disfunciones concretas.
bullet¿Una síntesis entre carencia básica, neurofisiología alterada en límbico-córtex y cinco movimientos?

¿Demasiado mezclado, demasiado confuso, demasiadas cosas?

Sin embargo es bastante simple, como la vida. Lo complicado somos nosotros, envueltos en la confusión por haber extraviado la brújula en algún momento de la evolución.

La crisis implica vivir en una situación de estrés crónico consistente en experimentar la realidad como una amenaza de destrucción en el entorno de una guerra no oficialmente declarada pero real. Una guerra silenciosa, insidiosa, infiltrante como un tumor maligno. Esto puede condenar a la extinción de personas, sociedades y hasta países, pero no es una invención paranoica: es groseramente real. Es ser y sentirse destinatario de un complot contra la vida, pero con basamento real, a través de hechos objetivos indudables que se manifiestan como un aplastamiento de la posibilidad de crecimiento personal y colectivo.

Eso que llamamos estrés no es el malo de la película, no es un acontecimiento negativo de por si: se trata de una reacción emocional y biológica normal, indispensable para vivir y construir, para soñar y concretar los sueños. Estrés significa “tensión”, y la vida real posee esa tensión de arco estirado, de experiencia apasionante, de riesgo y oportunidad.

Por eso se habla de estrés normal y estrés anormal o diestrés. Es claro que estamos hablando de este último, caracterizado por la necesidad de defensa continua contra una agresión que produce una situación de “acorralamiento” y atenta contra la vida de los agredidos. En esta circunstancia el estrés es patológico porque no da respiro, no tiene esa pausa grata y reparadora que sigue a una actividad vital como la concreción de un proyecto o un partido de fútbol.

Tampoco la crisis es necesariamente negativa: su significado vital es la culminación de un proceso en el cual no hay medias tintas: se triunfa o se muere. Es una definición, es una confrontación con la verdad y, también, el extremo necesario de un proceso que tiende a lo patológico, a lo enfermo. Puede darse en las personas y en las sociedades, que también funcionan como un organismo vivo y, por lo tanto, pueden enfermar y morir. De manera que la crisis es una sana reacción defensiva cuyo simple significado es: así no, de esta manera no es posible seguir si es que pretendemos sobrevivir. Y sobrevivir no es meramente vegetar en el fondo de la historia, asumir pasivamente el rol del esclavo. En la historia de la evolución, sobrevivir es, simplemente, vivir...

No es el momento de profundizar en una hipótesis que no me deja, que insiste como tábano y me perturba: la “civilización” que conocemos es nada más (y nada menos) que un proceso de clonación de idiotas. Idiotas domesticados, idiotas deslumbrados por espejitos de colores, idiotas que pueden destruir la vida o prestarse al juego de hacerlo con una sonrisa fría y tonta. Es para otra vez, pero ahí está, ya lo dije.

¿Cómo se vive individualmente la crisis del estrés crónico?

Se vive con la simple coherencia de los organismos vivos: tiene una expresión psico-emocional y otra físico-biológica. O sea: se vive simultáneamente “en el cuerpo y en el alma”. Se siente miedo, la emoción básica de la supervivencia, miedo de no poder nutrirse, miedo de morir, de no ser, ese aterrador miedo de evaporarse y desaparecer.

Ese miedo produce una angustia particular, esa angustia ligada al centro del ser, esa agitación del cuerpo y del alma que todos conocemos y no requiere explicación. Pero el miedo, que puede profundizarse como terror o pánico, también produce ira, bronca. El miedo es profundo y la ira es superficial, defensiva. Se disfraza de agresión, un movimiento biológico normal bien estudiado por los etólogos que expresa a la perfección la vitalidad expresiva de un organismo vivo (la crisis y la lucha son atributos de lo vivo, no de lo muerto). En el transcurso de la lucha se presentan momentos de tristeza, otra emoción normal que puede llegar a depresión si se instala protagónicamente y se manifiesta como peligrosa parálisis del ser. Así como el inevitable exceso de reflexión que acompaña a cualquier proceso que involucra al juego extremo de la supervivencia, y que deviene en obsesión. La dicha está preferentemente ausente en este argumento, pero tiene una sutil manifestación en la excitación que produce el combate, especialmente en el desahogo que puede producir la ira exitosa. Otras emociones en juego son la sorpresa y el asco, derivadas de las anteriores.

¿Pero adónde y cómo se vive este licuado emocional?

En el “cuerpo”, ¿adónde si no?: como si hubiera otro lugar adónde vivirlo...

Es que no “tenemos un cuerpo”, somos un cuerpo, un cuerpo-alma si quieren.

Un cuerpo maravilloso, apto para vivir la vida en un altísimo nivel tal cual ha demostrado la historia evolutiva. Un cuerpo dotado de una funcionalidad de gran nivel...hasta que empezamos a transformar la aventura de vivir en una sórdida sucesión de capítulos de una mala telenovela de terror.

La característica esencial de la vida, tal cual se expresa en los seres vivientes, es la capacidad de pulsación, la posibilidad de alternar entre expansión y contracción desde el propio núcleo de energía biológica que nos constituye. Este movimiento básico de la existencia viva puede contemplarse tanto en un unicelular como la ameba (que se expande para “expresarse” en la vida y se contrae enquistándose cuando el medio ambiente se pone muy agresivo) como en el humano, pasando por toda la escala animal y vegetal.

Solo varía el estilo peculiar de cada especie para vivir estos dos movimientos básicos del ser. En el caso del humano, se ha desarrollado un sistema nervioso y endocrino altamente eficiente para advertir las señales del exterior, elaborar una respuesta y ponerla en práctica.

Está claro que disponemos de un sistema muscular que nos pone en acción y posibilita una variedad completa y compleja de movimientos. Pero también tenemos un sistema que maneja el estado general de las funciones orgánicas dentro de rangos compatibles con la vida. Éste es el verdadero eje regulador de la gran mayoría de las reacciones vivas. Y tiene un efector muy claro en el sistema nervioso neurovegetativo con sus dos ramas:  simpática y parasimpática. La primera se encarga de la acción, de la lucha o huída (produce hechos como dilatar la pupila, elevar la presión arterial, acelerar la frecuencia cardiaca para disponer de más oxígeno y nutrientes, cerrar los esfínteres, aprontar el sistema muscular para la acción, enfriar las ilusiones y producir hechos concretos y contundentes). El segundo se especializa en reparar la energía utilizada y experimentar los placeres de la vida (entonces achica las pupilas, disminuye la presión y las pulsaciones, aumenta la reserva de energía almacenando los nutrientes, abre gozosamente los esfínteres, predispone a la fantasía creativa y a la gloria del placer sexual).

Y todo esto, absolutamente todo esto, se experimenta en regiones especiales y específicas del cerebro, ni más ni menos. Gracias a talentosos investigadores de la neurociencia ignoramos un poco menos que antes. Y aunque no nos alcance, sabemos algunas cosas importantes para entender la funcionalidad humana. Por ejemplo: sabemos que el maravilloso cerebro límbico (el gran regalo de la naturaleza a los mamíferos) es la sede de los procesos emocionales, “administra” al neurovegetativo, maneja al endocrino (hormonas) y se ubica en lo profundo del cerebro. Pero también tiene una relación íntima con las áreas más evolucionadas y recientes de la corteza cerebral humana, con aquello que justamente nos diferencia del resto de los animales, incluidos nuestros parientes, los primates: vastas regiones del lóbulo frontal. Porque es allí donde residen los rasgos que han convertido al humano en lo que es, para bien y para mal. Es allí, en el laberinto de las circunvoluciones frontales, donde reside la infraestructura funcional que nos permite entender, prever, planificar, recordar, crear, imaginar y elegir si vamos a ajustarnos o no a la ética de la vida. Todas estas funciones frontales no están escindidas de la actividad emocional límbica, más bien puede decirse que las emociones “colorean” decididamente cada una de las facultades corticales, orientando en una u otra dirección. Es falso, entonces, que racional y emocional corren por veredas enfrentadas: la unidad del ser implica una coincidencia asombrosa como requisito para un funcionamiento sano.

Y si la normal división de funciones se transforma  en escisión, en opciones excluyentes, es cuando estamos o somos enfermos.

La situación de encierro, el “síndrome del corralito” (generalizado bastante más allá de los ahorristas estafados) , es la realidad  cotidiana de la mayoría de los humanos, quienes viven la misma experiencia que las ratas de laboratorio sometidas al estrés del apiñamiento: aumenta la violencia para quedar con mayor espacio y posibilidad de alimentación. Al tiempo que se produce esterilidad en ambos sexos para no agregar más individuos al grupo. Al diablo con el placer, fuera la posibilidad de crear, solo la pelea cruel para sobrevivir como sea.

Todo esto y mucho más está en el cerebro humano, lo cual explica la fisiología de la crisis y todas sus manifestaciones sintomáticas, si es que uno se toma el trabajo de unir ésta explicación con la lista de las observaciones que la antecede.

Queda abrir un camino donde entre otra emoción humana básica: la esperanza. Pero no cualquier esperanza: sólo la esperanza posible.

Una medicina para la crisis

Existen variadas medicinas, o sea: distintas maneras de “mirar” la enfermedad. Y por lo tanto, diversas maneras de encuadrar un tratamiento médico. Es cierto lo que decía Florencio Escardó: “Hay una sola medicina: la que cura”, pero también hay que admitir la diversidad de criterios -a veces contrapuestos,  enfrentados- de las distintas escuelas. Ésta propuesta no es ecléctica, no intenta quedar bien con todo el mundo: pivotea sobre la Medicina Energética, cuya identidad reside en la articulación de dos fuentes claramente identificadas con una lectura sobre el devenir de la energía y sus disturbios en los seres humanos. La primera es la acupuntura tradicional china con sus actualizaciones modernas como la medición electrónica de los puntos, la auriculoterapia, la craneopuntura y las variadas técnicas de estimulación de los puntos de acupuntura (láser, electricidad, ultrasonido, infrarrojo) que se han agregado a las tradicionales (agujas, calor). La segunda fuente es la orgonomía, la ciencia de la energía fundada por Wilhelm Reich durante cuatro décadas de brillante investigación (entre los años veinte y los cincuenta) que logró objetivar la famosa energía de los orientales (que bautizó con el nombre de orgón) y empezar a utilizarla con fines terapéuticos.

Se agrega, también un aporte tan eficiente como los anteriores: la homotoxicología, una vertiente contemporánea de la homeopatía procedente de Alemania  y que cuenta con años de investigación y trabajo clínico.

El objetivo de esta combinación coherente y sólida (acupuntura-orgonomía-homotoxicología) es mejorar el sistema en los dos niveles más afectados por la crisis producto del estrés prologado: el equilibrio de la energía y  la comunicación entre el sistema límbico y los lóbulos frontales. Trabajar sobre la energía implica producir modificaciones simultáneas en los lados del ser: el físico y el emocional. Y es imposible lograrlo sin influenciar el sustrato biológico clave: la neurofisiología de la íntima relación entre las emociones y la conciencia reflexiva. Algo de esta realidad se ha planteado con la reciente divulgación acerca de las relaciones entre los cerebros derecho e izquierdo y sus funciones diferenciadas (el izquierdo asociado al lenguaje, el análisis y las actividades lógicas, el derecho con las percepciones espacio-temporales, la síntesis y las facultades artísticas). Una característica del desequilibrio es la pérdida de la armonía entre los hemisferios y un objetivo del tratamiento es, por lo tanto, la recuperación de una buena relación entre las actividades de ambos hemisferios. (Es claro que lograr esta afinidad entre izquierda y derecha funciona únicamente fuera de la política).

No son sólo “buenas intenciones”, acerca de las cuales el gran Ingmar Bergman ya dijo mucho y bien. La acupuntura tiene demasiada y brillante historia para tratar los desequilibrios de la energía y constituye una falta de respeto pedirle que lo demuestre. No obstante, en los últimos treinta años se han desarrollado interesantes líneas de investigación ligadas a las neurociencias y a la endocrinología para comprender cómo y porqué tiene éxito en una variedad de patologías (no sólo el dolor), pero no conozco ningún investigador serio y honesto que dude acerca de su eficacia. Y en medicina, bueno es recordarlo, sólo es cierto lo que funciona. Averiguar el porqué es interesante y hasta útil, pero lo importante es que sea eficaz aunque no conozcamos bien su “mecanismo”. Y bien, una de las facetas de máxima utilidad que presta la acupuntura se refiere al tratamiento de los estados emocionales y los desequilibrios neurovegetativos (toda la lista que figura en la sintomatología general del estrés).

Una peculiaridad del trabajo con acupuntura es que, en la actualidad, disponemos de una gran ventaja respecto de nuestros milenarios maestros: podemos medir la carga de los puntos con aparatos electrónicos. Esto nos permite estimar fácilmente la cantidad y la distribución de la energía en una persona pasando los datos a un programa de cálculo diseñado para producir un informe específico, lo cual permite tratar la individualidad energética de cada persona conociendo sus características funcionales.

Y aquí la orgonomía tiene algo para decir.

Porque la medición también suministra datos acerca de los bloqueos personales, y éstos se tratan con los dos artefactos orgonómicos: acumuladores de energía y “extractores de energía” o dor-buster.

También se eligen algunas combinaciones de medicamentos homeopáticos propuestos por la homotoxicología para tratar disfunciones neurovegetativas y alteraciones emocionales que pueden reemplazar con éxito a los psicofármacos. Tienen tres ventajas sobre éstos: no son tóxicos, no modifican otras funciones orgánicas y no le hacen el juego a los monopolios farmacéuticos, cuya política de poder tiene bastante relación con el origen de la crisis que vivimos. Resulta irónico y hasta cruel que las víctimas del poder sigan alimentándolo comprando lo que venden...¡para tranquilizarlos y aquietarlos!

Éstos son los objetivos y la base del tratamiento para la crisis. Ahora veremos cómo se concreta.

El tratamiento

La idea es trabajar tres meses con el concreto objetivo de ayudar a salir de la crisis sin anestesiar ni castrar: más bien “serenar” pero incentivando la iniciativa y la creatividad a través del equilibrio de la energía.

La primera sesión se dedica a una medición de energía, luego de la imprescindible conversación para conocer los avatares sanitarios de la historia  personal. Pero ya se hace una primera aplicación de acupuntura y se recetan las fórmulas homeopáticas. En la segunda sesión (a los dos o tres días de la primera), ya se agregan los datos que proporcionó la medición de energía para personalizar el tratamiento. Luego se continúa con una sesión semanal hasta completar los tres meses de tratamiento.

Puede o no (depende de cada caso) agregarse un programa de desintoxicación para mejorar la ecología interna y un programa de ejercicios con el mismo objetivo.

Riesgo y oportunidad

No se si a ustedes les pasará lo mismo, pero yo siento que en esta crisis todos podemos crecer. Y que llegamos hasta aquí por haber tapado demasiada verdad, demasiada realidad. Hemos dejado tomar las decisiones que signan el ambiente de nuestra vida cotidiana a personas que representan esos aspectos oscuros de todos nosotros. Así como existe la enfermedad en cada persona, también las sociedades pueden enfermar, y es evidente que estamos bastante enfermos.

Volver a mirar la vida desde la aparente simplicidad de la supervivencia tal vez pueda ayudarnos. Cuando un país que puede producir alimentos como pocos en el mundo condena al hambre a la mayoría de sus habitantes, es que algo perverso ocurre. Cuando sus integrantes reconocen que vivimos con la consigna de que cada uno debe salvarse o “zafar” como se pueda, puede firmarse el diagnóstico de sociosis, proceso degenerativo social. Las sociedades y las personas no tienen devenires tan diferentes: el envejecimiento patológico ocurre cuando el sistema pierde cohesión y sus diferentes aspectos funcionales se disgregan en un proceso de atomización. Y las especies sociales, como es el caso del hombre, pueden desaparecer si osan desafiar esa ley de la vida, que para ellas es constitucional. ¿Se imaginan a las abejas o las hormigas en un proceso de individualismo atroz, como el que aquí vivimos?

Pero algo tenemos que hacer, no sirve para nada abandonarnos a la reflexión amarga y desesperanzada, al llanto tanguero sin esfuerzo. Si nos abandonamos a esa melancolía de inmigrantes, estamos perdidos. Siempre el afuera, siempre la verdad está allá, en Europa, en Estados Unidos, en Marte o en extraterrestres, si es que se practica la falsa mística de la fuga. Pero, ¿qué le queda como horizonte a un presidiario del corralito? ¿En qué otra cosa va a pasar sus días si no es imaginando y planificando la fuga?

Es comprensible, pero no constituye la única opción. Hay otra: primero mirar con crudeza y terrible realismo lo que verdaderamente ocurre en mí, en vos, en nosotros. Trabajar con uno mismo para volver a juntarse, a reunirse desde la propia fuerza, desde la propia energía en un proceso de saneamiento personal. Es como hacer un análisis militar de lo que ha quedado de la tropa para que lo más sano ayude a lo enfermo, para agruparse y empezar de vuelta. Segundo: juntar las fuerzas con los otros, empezando con los que están más cerca en la vida y luego con “los demás”, que son casi todos.

Es necesario aprovechar lo dramático de este momento para llegar lo más profundo que se pueda: es la oportunidad que ofrece la crisis. Wilhelm Reich postuló que los hombres de esta civilización nacemos en una trampa, en una condición tan agresiva para la vida que sólo nos queda la chance de acorazarnos para sobrevivir. Pero en ese proceso de acorazamiento, que es como venderle el alma al diablo, perdemos la capacidad de vivir la vida con la pasión, la profundidad y la alegría que merece. Quedamos regalados para una existencia menor, gris, mediocre. Comparto totalmente esta visión, cuya resolución está mucho más allá de salir de un miserable corralito financiero o de la opresión del hambre y la miseria. Salir de “esto” no se refiere únicamente a construir una sociedad de verdad, justa y eficiente. Claro que hay que hacerlo y dejar de parlotear en los bares, porque la esperanza no se recupera simplemente hablando o psicoanalizando la vida. La esperanza se recupera haciendo, creando, construyendo.

La pregunta que me hago y les hago es ésta: ¿vamos a construir algo nuevo sólo para pasar del corralito al corralón? Ya que debemos producir un cambio inevitable por razones de supervivencia (o asistir a la desaparición de esta sociedad), ¿vamos a conformarnos con tan poco?

Un abrazo solidario a todos los que lean esto.

Y también a los que no.

 

                                       Yei-Porá, Tortuguitas, marzo del dos mil dos

                                 Dr. Carlos Inza

 

Medicina energética y salud urbana

 

Cualquiera podría decir que no hace falta ser un genio de la medicina para advertir que la salud de los habitantes de las grandes ciudades corre peligro, pero no deja de ser importante corroborarlo.

 

Por ejemplo: miren el título de una nota publicada en Le Monde Especial y reproducida en Clarín (http://www.clarin.com/diario/2009/02/07/sociedad/s-01854203.htm):

 

El ambiente urbano versus los escenarios naturales                                                                                 

El estrés que producen las ciudades altera el funcionamiento de la mente

Es la conclusión de estudios hechos por investigadores estadounidenses y australianos.

 

La nota cuenta que los investigadores del Laboratorio de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Michigan Marc Berman, llegan a la conclusión de que “Tras pasar algunos minutos en una calle transitada, el cerebro es menos capaz de organizar las informaciones recibidas en la memoria”.

Y en cambio se maravillan de que “la naturaleza sería un elemento sumamente benéfico para el cerebro: algunos estudios incluso han demostrado que los pacientes hospitalizados que pueden ver los árboles a través de la ventana se restablecen más rápido que los que no pueden hacerlo.”

Pareciera demasiado elemental e indiscutible, tal vez.

Pero justamente eso pone los pelos de punta y hasta podría llegar a exasperarnos, sino fuera porque justamente aquí se trata de encontrar un equilibrio que el vértigo de la vida urbana se empeña en obstaculizar.

La necesidad de estar en contacto directo con la naturaleza es tan indiscutible que son muy pocos los que deciden tomar sus vacaciones en alguna ciudad: de hecho no parece muy “normal” tomar esa decisión después de pasarse el año entero aspirando smog, gambeteando autos, tapándose los oídos para no ensordecer y defendiéndose de la violencia que engendra el apiñamiento. Y aunque no sea una medida que se toma después de sesudos análisis, la inmensa mayoría de los habitantes de una gran ciudad se van de vacaciones al mar, a la montaña o a cualquier sitio donde sea factible encontrar un poco de paz y tranquilidad.

Debe haber, entonces, algo que nos hace mucho bien en eso que llamamos “naturaleza” y a la que siempre se nombra con cierta distancia, como si nosotros no fuéramos parte de ella. En “eso” que está ahí lleno de otros animales distintos de nosotros, cielos de verdad, bosques maravillosos, olas que llegan con ritmo cardíaco a la playa o cerros que trepan hasta el cielo. Algo poderosamente nuestro está puesto allí y vamos a buscarlo porque lo hemos perdido esperando al lado de un semáforo. Pero especialmente vamos a buscarlo, cada vez con más prisa y desesperación, porque lo necesitamos con urgencia para no enfermar, para no enloquecer (del todo).

Así que no tiene nada de raro que los investigadores mencionados descubran que “en las ciudades disminuye el poder de concentración mental”, atosigado como está por infinidad de estímulos incoherentes y agresivos. O sea que: “La densidad de la vida en la ciudad influye no sólo en nuestra capacidad de concentrarnos. También interfiere con la capacidad de autocontrolarnos.

Ahí la cosa se pone más seria, pero no es todo: “La vida urbana también puede conducir a la pérdida del control de las emociones. Los expertos demostraron que la violencia doméstica era menos frecuente en los departamentos con vista a la naturaleza que en aquellos que dan a paisajes de hormigón. Los embotellamientos y los ruidos imprevisibles también inciden en el aumento de los niveles de agresividad.”

Bueno, ya está el cuadro completo, sólo falta decir que la probabilidad de enfermar gravemente aumenta de manera exponencial, casi siguiendo el aumento de la densidad poblacional.

Y si uno no puede vivir en condiciones más saludables, o sea: en contacto con la naturaleza real y el silencio indispensable para funcionar aceptablemente, entonces ¿qué hacer?

Tal vez uno necesite ayuda, ¿pero adónde buscarla?

Es imposible vivir del todo sano, tal abstracción no existe y hasta es peligrosa como objetivo, pero se pueden tomar medidas, se puede disminuir el terrible impacto del estrés urbano a través de hábitos saludables, vínculos saneados, apoyo terapéutico y todo el contacto posible con nuestra profunda naturaleza.

La medicina energética, por ejemplo, es un intento de lograrlo a través de su objetivo fundamental, que es la búsqueda del equilibrio y el aumento de la energía. Quienes hayan tenido alguna buena experiencia con acupuntura, una de sus más brillantes aplicaciones, lo saben muy bien: la acupuntura no sólo es capaz de tratar con éxito infinidad de enfermedades, sino que también logra que una persona tienda a sentirse mucho más centrada y con su vitalidad en proceso de crecimiento. Es la diferencia entre perder algún síntoma y sentirse mucho mejor en la vida real, tanto física como emocionalmente.

Siempre es bueno desmalezar el terreno para ver claro.

En este caso, desmalezar significa profundizar en la definición de estrés, un concepto funcional y biológico realmente importante. Fue propuesto e investigado por el fisiólogo Hans Selye, quien advirtió que el sistema neuroendocrino entra en gran actividad cuando una persona (o cualquier animal que lo posea, y son muchos) debe enfrentar una situación de exigencia o riesgo, ya sea potencial o actual. Selye descubrió que el organismo en cuestión pasa por varias etapas: primero responde activando una buena respuesta adaptativa a través de neurotransmisores específicos del tipo de la adrenalina y noradrenalina (médula suprarrenal), que producen acciones rápidas de condicionamiento para la acción y constituyen una excepción para las hormonas, cuya característica es realizar ajustes lentos y prolongados.

Si la situación se resuelve, todo vuelve a la normalidad.

Pero si el riesgo o la exigencia persisten (estrés continuo y prolongado), entonces entran en juego los glucocorticoides de la corteza suprarrenal, que producen una respuesta adaptativa eficiente aunque riesgosa ya que, entre otros efectos, disminuyen la capacidad de respuesta del sistema inmunológico. Ustedes dirán que hay una evidente paradoja en este mecanismo defensivo, y es cierto. Pero hay una explicación: ningún organismo vivo está “diseñado” para vivir en situación de estrés crónico, la vida no funciona bien en esas condiciones e inevitablemente la perpetuación de este círculo (vicioso sin metáforas) conduce a la enfermedad.

Entonces apareció la necesidad de distinguir entre variadas fuentes y calidades de estrés, de manera que el término estrés se reserva para situaciones que producen tensión normal. Por ejemplo: la necesidad de trabajar para sobrevivir, o la cantidad de adaptaciones necesarias para hacer una caminata en la montaña sin perecer en el intento, etc. En cambio, se acuñó la palabra diestrés para señalar una situación crónica de tensión que implica una sobrecarga constante y exigente, lo cual se traduce en una secreción sostenida de corticoides con sus secuelas conocidas: aumento de la presión arterial y del trabajo cardíaco, vaciamiento de los huesos, disfunciones neuro-vegetativas y metabólicas, exposición aumentada a infecciones y cáncer, entre muchas otras.

Bueno, precisamente esto es lo que produce el estrés urbano: diestrés crónico porque la tensión no para nunca (y la cabeza tampoco).

Y por eso es tan peligroso. Está claro que hay infinidad de causas y factores de estrés en la vida real que nos toca vivir, pero en todos los casos el nivel de exposición y peligro aumenta notoriamente en  los habitantes de las grandes ciudades, especialmente en las llamadas mega-urbes como es el caso de Buenos Aires y Área Metropolitana. No ocurre lo mismo en las ciudades medianas y pequeñas, más aptas para la existencia. Se supone que hay una “masa crítica” en cuanto a cantidad de habitantes y factores contaminantes de variado tipo: desde el smog a los ruidos, desde la falta de cordialidad hasta la violencia física concreta, desde la calidad del aire y el agua hasta la eliminación de excretas y basura.

Traspasado ese límite, que las grandes urbes han atravesado generosamente hace tiempo, ya no hay retorno, lo cual constituye uno de los dramas de la vida actual en términos de salud individual y colectiva.

Pero aquí estamos, al menos por ahora, y entonces algo hay que hacer. O mejor dicho: hay que hacer bastante para no enfermar, transcurrir mal y terminar penosamente la vida. Por ejemplo: hay que cambiarse la cabeza y el corazón, nada más y nada menos. O empezar por algún lado a producir cambios para no vivir enfermos. Y uno sumamente importante es negarse a aceptar ideas o conceptos “generalmente aceptados” como si fueran sanos y naturales.

¿O de verdad necesitamos que vengan estos investigadores de Estados Unidos y Australia a decirnos algo tan elemental como que la naturaleza es más sana que las monstruosas ciudades que habitamos?

¡Esto sí que es increíble!

Brillante descubrimiento el de estos psicólogos y neurocientíficos…

Seguramente vivimos tan equivocados, tan extraviados, que algo tan elemental y de absoluto sentido común nos parece extraordinario y hasta raro.

¿A quién se le ocurre decir, por ejemplo, que para la naturaleza no hay reemplazo?

Es que hay una vida sin árboles y otra sin ellos, que no merece llamarse vida y es otra cosa: tal vez un nauseabundo extracto de tecnología mal digerida y cultura recalentada sin nada para decir.

Entonces uno escucha, asombrado, que alguien se toma unos días de vacaciones para “escaparse” a la naturaleza.

Eso es un re-encuentro, no una huída.

Escaparse es esto de aquí, todos los días.

                                                               Buenos Aires, febrero 9 del 2009  

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